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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://literaturaenpina.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>Literatura en Pina</title><description>Estos son los textos del libro que presentamos el pasado mes de mayo desde la Concejal&#xED;a de Educaci&#xF3;n de Adultos de Pina con los materiales del taller de creaci&#xF3;n literaria realizado durante el curso 2005-06. &lt;br /&gt;Marisa Fanlo Mermejo, junio 2007.</description><link>https://literaturaenpina.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>NUESTRA PRIMERA PROFESORA DEL TALLER: &#xC1;NGELA LABORDETA</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063012-nuestra-primera-profesora-del-taller-angela-labordeta.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063012-nuestra-primera-profesora-del-taller-angela-labordeta.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">&Aacute;ngela Labordeta nace en Teruel en 1967. Licenciada en Filolog&iacute;a hisp&aacute;nica por la Universidad de Zaragoza y m&aacute;ster de periodismo con <strong>El</strong> <strong>Pa&iacute;s</strong> y la Universidad Aut&oacute;noma de Madrid. Publica su primera novela en 1995: <em>As&iacute; Terminan los Cuentos de Hadas.</em> En 1997 publica <em>Rapit&aacute;n</em> y en el 2000 <em>Bombones de Licor</em>. En 2001 edita el libro de cuentos <em>El novio de mi madre</em>, que ha sido recientemente traducido al ingl&eacute;s. Publica cuentos en libros colectivos como <em>Relatos para un fin de milenio</em> o <em>Mujeres de sol a sol</em> y colabora en diferentes medios de comunicaci&oacute;n. En la actualidad tiene pendiente de publicaci&oacute;n una nueva novela. </p><blockquote><p align="justify"><em>"Lo que m&aacute;s me gusta de llegar a un sitio es respirarlo. Era primavera, casi verano, y en el aire de Pina de Ebro cabalgaba su aroma. Yo llevaba un vestido blanco, sin mangas. No recuerdo nombres de aquel primer encuentro, s&iacute; rostros, y sobre todo la manera en que aquellos desconocidos se entregaron al dibujo, mediante sus palabras, de un cuadro que parec&iacute;a un trozo roto de una peli de Tavernier: entre la soledad de una colcha y una cama deshecha. <br />Los encuentros se repitieron. Ellos quer&iacute;an aprender a escribir y yo deber&iacute;a ense&ntilde;arles. No s&eacute; si aprendieron y ni siquiera s&eacute; si yo era la persona indicada para ense&ntilde;arles. Pero lo que s&iacute; s&eacute; es que comprendieron que escribir es jugar no s&oacute;lo con las palabras, tambi&eacute;n con lo que fuimos, somos, seremos y sobre todo con lo que nunca fuimos pero hubi&eacute;ramos deseado ser. Escribir es bajar al infierno y acariciar el cielo, es viajar y no detenerse. <br />Gracias a todos por los momentos."</em></p></blockquote>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 18:46:00 +0000</pubDate></item><item><title>NUESTRO SEGUNDO PROFESOR: ISMAEL GRASA</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063011-nuestro-segundo-profesor-ismael-grasa.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063011-nuestro-segundo-profesor-ismael-grasa.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;&nbsp; Ismael Grasa (Huesca, 1968) ha publicado las novelas <em>De Madrid al cielo</em> (finalista del Premio Herralde de Novela y ganadora del Premio Tigre Juan), <em>D&iacute;as en China</em> y <em>La Tercera Guerra Mundial</em>. Es autor del libro de viajes <em>Sicilia</em> y de los libros de poemas y relatos <em>Nueva California</em> y <em>Trescientos d&iacute;as de sol</em>. Es profesor de bachillerato de la asignatura de Filosof&iacute;a y colabora con diferentes peri&oacute;dicos y revistas, como <strong>Heraldo de Arag&oacute;n</strong>, <strong>El Pa&iacute;s</strong> o <strong>Letras Libres</strong>. </p><p><strong>Alguien que escribe </strong></p><blockquote><p align="justify"><em>"El escritor es alguien que escribe. Esto parece una verdad de Perogrullo, pero lo cierto es que la mayor parte de los que pasan su vida sinti&eacute;ndose escritores no llegan nunca a escribir. Escribir es algo que normalmente se hace sentado, con un ordenador o un bol&iacute;grafo o una pluma. Escribir es algo que tiene que ver con la columna vertebral, con el coj&iacute;n de la silla, con la postura. Es algo que cansa, una actividad. Es algo que alguien hace antes de comer, en una habitaci&oacute;n; o despu&eacute;s de comer, mientras otros hacen otras cosas. A uno le pueden preguntar entonces: &ldquo;&iquest;Qu&eacute; est&aacute;s haciendo?&rdquo;. Y uno responde: &ldquo;Escribir&rdquo;. <br />Otra cosa que repito cuando he dado alg&uacute;n taller es que normalmente las personas no tienen tiempo para escribir. Realmente, tampoco para leer. El que dice que no tiene tiempo para leer es que no es lector. Y lo mismo con la escritura. El tiempo de la escritura es un tiempo en el que uno ha decidido dejar de hacer otra cosa o de estar con otras personas. Es el resultado de una elecci&oacute;n. <br />Durante varias semanas nos hemos juntado un grupo de personas en Pina de Ebro para llevar a cabo un taller de escritura. Hemos hecho diferentes ejercicios en los que cada uno ha tratado de dar lo mejor de s&iacute;. Hemos le&iacute;do textos en voz alta para que los dem&aacute;s los valorasen: &iquest;contiene algo de emoci&oacute;n verdadera ese texto?, &iquest;es innecesario?, &iquest;hace mejor el mundo? Es verdad que tambi&eacute;n par&aacute;bamos a merendar y a charlar. Pero si alguien hubiese entrado en la sala cuando permanec&iacute;amos callados con nuestros cuadernos, mientras hac&iacute;amos alguno de los ejercicios, y hubiese preguntado &ldquo;&iquest;Qu&eacute; hac&eacute;is?&rdquo;, hubi&eacute;semos podido responder que escrib&iacute;amos." </em></p></blockquote>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 18:42:00 +0000</pubDate></item><item><title>NUESTRA PRIMERA PROFESORA DE POES&#xCD;A: MIRIAM REYES</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063010-nuestra-primera-profesora-de-poesia-miriam-reyes.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063010-nuestra-primera-profesora-de-poesia-miriam-reyes.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Miriam Reyes, Orense 29/12/74. <br />Nac&iacute; en Orense, pero desde los ocho a&ntilde;os me cri&eacute; en Caracas. All&iacute; estudi&eacute; Letras, en la Universidad Central de Venezuela. Mis poemas fueron publicados por primera vez en la antolog&iacute;a <em>Feroces</em> (DVD, 1998). Despu&eacute;s publiqu&eacute; <em>Espejo Negro</em> (DVD, 2001) y <em>Bella Durmiente</em> (Hiperi&oacute;n, 2004), este &uacute;ltimo finalista del XIX Premio de Poes&iacute;a Hiperi&oacute;n. Ambos libros han sido traducidos al italiano y al portugu&eacute;s, respectivamente. Desde el a&ntilde;o 2000 trabajo con la imagen vinculada a la poes&iacute;a, tanto en formatos multimedia como en video recitales. </p><blockquote><p align="justify"><em>&laquo;Fui a Pina por primera vez invitada por Marisa, para hacer una lectura en la Escuela de adultos. All&iacute; empez&oacute; todo. Me qued&eacute; tan fascinada por sus intuiciones y preguntas que, cuando Marisa me ofreci&oacute; dar un taller de poes&iacute;a en Pina, a m&aacute;s de 300 km de mi casa, no lo pens&eacute; dos veces. <br />La gente que encontr&eacute; all&iacute; no dej&oacute; de sorprenderme desde el primer hasta el &uacute;ltimo d&iacute;a. Y bien vale la sorpresa el viaje. Viven la poes&iacute;a, la necesitan como la necesito yo. La viven con hambre, con los sentidos abiertos. Se escuchan, se respetan, crecen juntos. Cada uno tiene una voz propia y, con ella, nos descubre un mundo. Nadie imita a nadie. Y todos est&aacute;n dispuestos y ansiosos de asomarse a otros mundos. <br />El trabajo de taller fue muy sencillo con ellos. Apenas ense&ntilde;ar a deshacerse de las palabras que no necesitamos, de las que tapan lo que queremos mostrar; e instarles a escucharse, para que su ritmo interno marcara el ritmo del poema. Todo lo dem&aacute;s ya lo ten&iacute;an y sin duda fue mucho m&aacute;s lo que ellos me ense&ntilde;aron que lo que yo pude ense&ntilde;arles. <br />Esta selecci&oacute;n es una peque&ntilde;a ventana que han abierto para nosotros. <br />Yo s&oacute;lo quiero darles las gracias y pedirles, que no dejen de leerse&raquo;. </em></p></blockquote>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 18:29:00 +0000</pubDate></item><item><title>VIAJE DE EMPRESA -Arrate Gallego-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063009-viaje-de-empresa-arrate-gallego-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063009-viaje-de-empresa-arrate-gallego-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Laura se siente una mujer liberal mientras conduce su coche, en mitad de la noche, para asistir a unas conferencias sobre mejoras laborales que organiza su empresa. Sabe que Pedro asistir&aacute;, y aunque le han llegado rumores de que se casar&aacute; dentro de poco, no piensa desaprovechar la ocasi&oacute;n de pasar una noche loca con &eacute;l, al igual que en a&ntilde;os anteriores. <br />Cuando lleva cuatro horas de viaje, observa c&oacute;mo sube peligrosamente la temperatura del motor y se alarma. No entiende de mec&aacute;nica, est&aacute; sola, de noche y en mitad de la nada. Aparca el coche en el arc&eacute;n y llama al seguro. Una voz amable le comunica que en veinte minutos la gr&uacute;a se acercar&aacute; hasta d&oacute;nde se encuentra para ayudarla. Pasados treinta minutos aparece la gr&uacute;a, so&ntilde;oliento el conductor le aconseja dejar el coche en el taller mec&aacute;nico m&aacute;s pr&oacute;ximo, casualmente enfrente hay una pensi&oacute;n, donde ella puede pasar la noche. <br />Cansada coge su maleta de viaje y se registra. Es un edificio viejo y la habitaci&oacute;n resulta deprimente. Eso no era lo que hab&iacute;a planeado para pas&aacute;rselo bien. Sac&oacute; su picard&iacute;as de la maleta y se lo puso, se sent&iacute;a rid&iacute;cula: no hab&iacute;a metido en su maleta otra prenda adecuada para dormir. Decidi&oacute; mantener alto su &aacute;nimo, mientras cog&iacute;a su neceser para ir al ba&ntilde;o a desmaquillarse. La pobre luz del espejo iluminaba su cara mientras el algod&oacute;n refrescaba su piel. Se mir&oacute; con detenimiento, y por un momento se vio a si misma: sin m&aacute;scara, con arrugas, en una pensi&oacute;n barata y con lencer&iacute;a cara. Podr&iacute;a haberse re&iacute;do, pero se ech&oacute; a llorar. Llor&oacute; porque sinti&oacute; verg&uuml;enza de s&iacute; misma, de lo que estaba haciendo, por haber perdido su dignidad&hellip; <br />Cuando se hubo calmado se sent&oacute; en la cama, cogi&oacute; el tel&eacute;fono y llam&oacute; a su marido. <br />&ndash; Cari&ntilde;o, el coche se ha estropeado, &iquest;puedes venir a buscarme?</p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 18:20:00 +0000</pubDate></item><item><title>POR AMOR AL ARTE -Jos&#xE9; Manuel Gonz&#xE1;lez-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063008-por-amor-al-arte-jose-manuel-gonzalez-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063008-por-amor-al-arte-jose-manuel-gonzalez-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Se&ntilde;or Juez: <br />Esta carta no es una confesi&oacute;n, es una declaraci&oacute;n de principios. No me arrepiento de nada, s&eacute; que pasar&aacute;n muchos a&ntilde;os hasta que mis actos sean comprendidos y aceptados. <br />Al primero le asest&eacute; un martillazo en el cr&aacute;neo. Eleg&iacute; el martillo por puro azar, luego me di cuenta que nada es casual: el martillo es la prolongaci&oacute;n de la mano, el brazo ejecutor que convierte en golpes los deseos oscuros de la mente. <br />Varios fragmentos de occipital volaron, juguetones, por toda la estancia. Sangre, masa encef&aacute;lica, hueso y cuero cabelludo, compusieron una consistente lluvia org&aacute;nica que estuc&oacute; la tela y se proyect&oacute; en mi cara. <br />&iexcl;C&oacute;mo me gusta el sabor a vida que se escapa! &iexcl;Cu&aacute;nto disfruto observando el h&aacute;lito estert&oacute;reo del &uacute;ltimo aliento! <br />Dir&aacute; que soy un s&aacute;tiro, pero en estos d&iacute;as que nos toca vivir, es necesario tener una v&aacute;lvula de escape que disipe el estr&eacute;s que a todos nos embarga. Pues a m&iacute;, el romper cabezas es lo que me relaja. Desarrolla la coordinaci&oacute;n motora, mejora b&iacute;ceps, tr&iacute;ceps y deltoides, todo son ventajas. Sin embargo, cualquiera no puede hacerlo, hay que tener una m&iacute;nima predisposici&oacute;n para la maniobra. No me gusta ser presuntuoso, pero yo soy uno de los mejores. <br />A otros les gusta utilizar aparatos espec&iacute;ficos. Yo soy m&aacute;s heterodoxo, suelo utilizar objetos cotidianos para experimentar, con ciertas pretensiones cient&iacute;ficas, el distinto comportamiento de los cuerpos seg&uacute;n la herramienta que interviene. Un atizador, un cenicero de bronce, una azada, una figurita de la Venus de Milo todo sirve para mis fines y nada desde&ntilde;o. Pero la primera vez, eleg&iacute; el martillo, uno de esos de encofrador, no muy grande, equilibrado, con mango de pl&aacute;stico y cabeza de acero pintada de negro. El resultado fue el deseado, dibuj&oacute; en la tela una composici&oacute;n perfecta. La mancha, caprichosa, compuso una estrella dentada adosada a una nube de puntos rojos con cabellos. Los trocitos de hueso, incrustados por todo, daban al conjunto una inquietante textura. <br />Cubr&iacute; todo con mi barniz especial: una mezcla de clara de huevo, cola de carpintero y esencia de trementina. &iexcl;Es maravilloso lo que consigue mi f&oacute;rmula! No espere que le d&eacute; las proporciones exactas, eso me lo reservo y vendr&aacute; conmigo a la tumba. <br />En esa ocasi&oacute;n, adem&aacute;s, roci&eacute; mi obra con insecticida para evitar las moscas (a veces sus excrementos, e incluso sus larvas, me han servido en otras composiciones) y a&ntilde;ad&iacute; un aerosol desodorante para darle un aroma floral. Mis trabajos han de ser un conjunto de sensaciones y no s&oacute;lo visuales, quiero que intervengan los cinco sentidos, que quien los contemple interact&uacute;e con ellos y sienta la magia que desprende la miscel&aacute;nea que les brindo para su disfrute. <br />Me deshice del cuerpo de la forma habitual: enterrado, en mi finca de la sierra, junto a los cipreses que cada vez est&aacute;n m&aacute;s vigorosos gracias, sin duda, a la importante aportaci&oacute;n de materia org&aacute;nica que, regularmente, les brindo. <br />No suelo dejar nada para distinguirlos, pero esa vez, al ser la primera, compuse un t&uacute;mulo de piedras redondas con forma de pir&aacute;mide. Estaba particularmente contento con el resultado y quer&iacute;a, de alg&uacute;n modo, guardar un recuerdo claro y agradecido de quien hab&iacute;a cedido la materia principal de la composici&oacute;n. <br />Cuando expuse todo fueron aclamaciones. La cr&iacute;tica me proclam&oacute; como &ldquo;el nuevo Antoni Tapi&egrave;s&rdquo;, el revolucionario de las texturas y el colatge, el artista que, con este trabajo, hab&iacute;a culminado la c&uacute;spide de su carrera. Luego vino lo del listillo del ADN: un polic&iacute;a de pacotilla, con conocimientos de anatom&iacute;a, que crey&oacute; distinguir en mis cuadros restos humano. Inici&oacute; una investigaci&oacute;n que confirm&oacute; sus sospechas. <br />Fui interrogado y encarcelado ante el estupor del p&uacute;blico, pero no contaban con mi abogado. Se entabl&oacute; una lucha legal sin precedentes en Espa&ntilde;a. Todos me daban por condenado hasta que tuve que sacarme un as de la manga: la declaraci&oacute;n jurada que conservaba de cada una de mis v&iacute;ctimas prest&aacute;ndose, voluntariamente, a ser mi modelo, mi pintura, mis pinceles y hasta mi propia obra. <br />Los grupos pro-vida se erigieron como acusaci&oacute;n particular. Los partidarios de la eutanasia se alinearon a mi favor esgrimiendo, como argumento, la libertad que deber&iacute;a tener todo el mundo para morir como quiera. Yo segu&iacute;a mi vida, ajeno a lo que me rodeaba, pero con la firme convicci&oacute;n de que hab&iacute;a revolucionado el mundo del arte. Gracias a la habilidad de mi abogado y a sus argucias de leguleyo fui exonerado de todos&nbsp;los cargos y me convert&iacute; en una celebridad. Para muchos representaba la vanguardia del arte. Para otros no era m&aacute;s que un asesino suelto al que hab&iacute;a que eliminar. <br />Luego compr&eacute; la prensa hidr&aacute;ulica, una vieja m&aacute;quina que me cost&oacute; cuatro perras y que fue dando forma material a lo que ser&aacute; mi &uacute;ltima obra. <br />Naturalmente, no he dejado nada al azar. He probado en varias ocasiones el artefacto, pero lamentablemente, la notoriedad que me ha brindado la prensa ha mermado el n&uacute;mero de voluntarios y he tenido que prescindir de su participaci&oacute;n. Poco a poco, he ido depurando la t&eacute;cnica, la fuerza necesaria, la distancia entre el lienzo y los cr&aacute;neos. Por eso, ahora, le env&iacute;o esta carta con la direcci&oacute;n exacta de donde me encuentro. Cuando la reciba y me encuentren, espero que todo el mundo sepa apreciar mi cuadro; lleva por t&iacute;tulo: <strong>&ldquo;Autorretrato&rdquo;.</strong> <br /></p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 18:14:00 +0000</pubDate></item><item><title>VIENTO RACHEADO -Jos&#xE9; Manuel Gonz&#xE1;lez-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063007-viento-racheado-jose-manuel-gonzalez-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063007-viento-racheado-jose-manuel-gonzalez-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Lleg&oacute; el verano fiel a su cita de calor y moscas, envolviendo, en t&oacute;rrido abrazo, la vida apacible, predecible y mon&oacute;tona de mi pueblo. El aire ol&iacute;a a sudor y a siesta, pero a los ni&ntilde;os que pobl&aacute;bamos las calles buscando la sombra, s&oacute;lo nos interesaban los &uacute;ltimos juegos de temporada: los pitos (las canicas que dir&iacute;a un cursi), los platillos (las chapas que dir&iacute;a otro cursi primo del anterior) y sobre todo nos gustaba jugar a &ldquo;vacas&rdquo;. <br />Mientras el m&aacute;s pringado se transfiguraba en el animal, el resto de la chiquiller&iacute;a corr&iacute;amos delante haciendo recortes, cintas y otros lances. En las polvorientas calles, a las que no hab&iacute;a llegado el alumbrado p&uacute;blico, pasaban las horas en divertidos encierros. Los ni&ntilde;os &iacute;bamos alternando los papeles, ahora torero, ahora vaca, a medida que &eacute;ramos empitonados por los incisivos palos que llev&aacute;bamos simulando cuernos. <br />Todos ten&iacute;amos un torero como &iacute;dolo: unos &ldquo;El cordob&eacute;s&rdquo;, otros &ldquo;El Viti&rdquo;; yo, por mi parte, prefer&iacute;a a &ldquo;Palomo Linares&rdquo; con el que, aseguraba mi padre enga&ntilde;&aacute;ndome como el ni&ntilde;o que era, me un&iacute;a un lejano parentesco. <br />-Yo soy Palomo Linares, que para eso es mi primo &ndash;dec&iacute;a a todo el que quer&iacute;a o&iacute;rme, mientras driblaba a cuerpo limpio los embates del falso toro. <br />Uno de los momentos m&aacute;s celebrados surgi&oacute; gracias a la cabeza disecada de un &ldquo;Santa Coloma&rdquo;que alguien consigui&oacute;. Ahora todos quer&iacute;amos ser el toro; enfundados con el descomunal trofeo, corr&iacute;amos a ciegas por la falta de agujeros para los ojos. Sin embargo, la recompensa a tan inhumano esfuerzo, llegaba cuando el asta, brillante por el barniz, tocaba el trasero o la espalda de uno de los toreros. Las carcajadas crueles de los que se encontraban a salvo, se un&iacute;an a los gritos de la madre del herido que tem&iacute;a m&aacute;s por la integridad de los pantalones que por las lesiones sufridas. Luego, pasaba la tarde y, ante la carencia de iluminaci&oacute;n artificial en las calles, nos recog&iacute;amos en la capilla protectora de nuestras casas esperando, ansiosos, que el nuevo d&iacute;a trajera a nuestras vidas, renovadas aventuras de tardes taurinas. <br />Con los primeros d&iacute;as de agosto comenzaba el montaje de los corrales para las vaquillas. Frente al casino, en la zona m&aacute;s ancha de la plaza, donde el per&iacute;metro del murillo que proteg&iacute;a, paternalmente, el Quiosco de la M&uacute;sica lo permit&iacute;a, iba creciendo una empalizada que se elevaba a la altura de un hombre, formando el futuro coso taurino. Luego, se extend&iacute;a una capa de arena a modo de albero para permitir las carreras de las vacas y de los mozos que las lidiaban. En un extremo del pol&iacute;gono de madera, se colocaba una puerta, comunicando con los corrales que albergaban, durante todas las fiestas, a los astados. Las vallas de los chiqueros se cubr&iacute;an de ca&ntilde;izos, para que los animales estuviesen tranquilos, aislados y ajenos a la curiosidad morbosa de la chiquiller&iacute;a. Cuando terminaba el montaje del vallado, se a&ntilde;ad&iacute;an carros, simulacro de gradas, rodeando la estructura: uno para el Ayuntamiento, la Reina de las fiestas y sus Damas, otro para la banda y, el resto, para las pe&ntilde;as y el p&uacute;blico. <br />Faltaba una semana para el d&iacute;a de la Presentaci&oacute;n, antesala del comienzo de los festejos. Todos los chicos, &aacute;vidos de emociones y sobrados de energ&iacute;a, ten&iacute;amos un verdadero ruedo donde practicar nuestras habilidades del noble arte de la tauromaquia. Hab&iacute;a de todo: vacas, mansos, pastores, alguacil y, sobre todo, una masa pululante de toreros fingidos. <br />Y comenzaba el juego. El alguacil lanzaba los tres imaginarios cohetes que anunciaban el principio del espect&aacute;culo. Sal&iacute;a el primer ni&ntilde;o, corriendo como un poseso, con la bravura ciega de una larga espera. Todos le grit&aacute;bamos, cit&aacute;ndolo desde lejos y, cuando se nos acercaba, corr&iacute;amos hacia la protectora valla subiendo de un salto los dos primeros pelda&ntilde;os. El &ldquo;ni&ntilde;o-vaca&rdquo;, exhausto al cabo de un rato, paraba su loca carrera y, arrastrando sus pies sobre la arena, escarbaba, con gesto muy bovino, acompa&ntilde;ando la maniobra con sonoros mugidos y entrecortados jadeos. Luego, cuando les parec&iacute;a a los pastores, sacaban al &ldquo;manso&rdquo; que no era otro que el afortunado ni&ntilde;o propietario de un cencerro. El cansado aprendiz de vaquilla le segu&iacute;a d&oacute;cil, casi alegre, hasta el descanso de los corrales. <br />Y as&iacute;, juego tras juego, pasaban los d&iacute;as previos a las fiestas. La chiquiller&iacute;a reunida en la plaza nos retir&aacute;bamos con los &uacute;ltimos rayos crepusculares. Agrupados por barrios, regres&aacute;bamos a casa comentando, entre risas y gritos, las incidencias del simulacro de la &ldquo;Fiesta Nacional&rdquo;, hasta que el voluble inter&eacute;s de nuestras mentes se ve&iacute;a sustituido por el montaje de la pista de los autos de choque. <br />La llegada de los autos de choque era uno de los acontecimientos m&aacute;s esperados de las fiestas. Los camiones, cargados de los el&iacute;pticos veh&iacute;culos, llegaban puntuales a su cita anual, trayendo consigo un tropel de operarios bronceados, con los brazos tiznados de grasa negra y tatuajes carcelarios. <br />-&iexcl;Cuidado con esos que son &ldquo;quinquis&rdquo;! &ndash;me advert&iacute;a mi t&iacute;o gran conocedor del mundo de los feriantes. Pero nosotros, inmunes a las advertencias, pronto nos mezcl&aacute;bamos con ellos con la esperanza de conseguir fichas gratis para montar en los &ldquo;coches el&eacute;ctricos&rdquo;. <br />Terminado el montaje, la plaza se llenaba de los hipn&oacute;ticos sonidos de las &uacute;ltimas novedades discogr&aacute;ficas, en las que nunca faltaba el &uacute;ltimo &ldquo;exitazo&rdquo; de Peret, Karina, F&oacute;rmula Quinta o Massiel. Era el verdadero principio de las fiestas. La atm&oacute;sfera plom&iacute;fera de agosto, el calor pastoso y la sed eterna de la diversi&oacute;n et&iacute;lica, compon&iacute;an el escenario id&oacute;neo para liberar la reprimida energ&iacute;a de todo un pueblo. S&oacute;lo la apabullante actividad de los coches de choque, con sus sirenas, con sus chisporroteantes p&eacute;rtigas el&eacute;ctricas y su descomunal alarde de vatios de sonido, nos permit&iacute;a olvidar, moment&aacute;neamente, la verdadera esencia de las fiestas: las vaquillas. <br />El d&iacute;a de la Virgen sal&iacute;amos, inc&oacute;modos, mudados con nuestras mejores galas: zapatos de charol, calcetines de perl&eacute;, pantalones nuevos y el &ldquo;niki&rdquo; de las fiestas. Al d&iacute;a siguiente, pasados los fastos religiosos del Santo Patr&oacute;n San Roque, nuestra indumentaria, ya no tan inmaculada, era sustituida por ropa de diario, m&aacute;s c&oacute;moda para tirar petardos, correr por el polvo y ver el castillo de fuegos artificiales de la noche. <br />Y en ese a&ntilde;o, transcurridas ya las dos primeras jornadas, lleg&oacute; mi gran d&iacute;a. Todo estaba preparado, aunque nadie sospechaba nada. Mi t&iacute;o, que siempre me empujaba a hacer las mayores heroicidades, hab&iacute;a dispuesto todo sin que ni mi abuelo ni mis padres supieran nada. Sali&oacute; el becerro: negro zaino, bragado y algo calz&oacute;n. La plaza se llen&oacute; de ni&ntilde;os asidos a las vallas y yo, sin saber c&oacute;mo ni por qu&eacute;, me encontr&eacute; en medio de todo con la capa, de inevitable color rojo, fabricada con un saco de abono &ldquo;Fertiberia&rdquo;. Mi padre, cerca de m&iacute;, algo asustado pero orgulloso, vigilaba al astado. Mir&eacute; al animal a los ojos, y de pronto todo lo que no era toro desapareci&oacute; de mi vista. El novillo envisti&oacute; alegre, casi jugando, hacia ese mequetrefe enclenque que le citaba desde el centro del ruedo. Y comenc&eacute; a torear. Pose&iacute;do, a mis ocho a&ntilde;os, por un hambre de gloria que ni &ldquo;el Cos&iacute;o&rdquo; pod&iacute;a ense&ntilde;ar, empec&eacute; la brega con el capote de pl&aacute;stico, cegado por<br />los aplausos y el estupor del sorprendido p&uacute;blico. <br />-&iexcl;El pase de pecho!-gritaban desde las gradas. Mi madre aplaud&iacute;a a rabiar hasta que alguien le dijo que, aquel escu&aacute;lido torerillo, era su hijo y la alegr&iacute;a del espect&aacute;culo se torn&oacute; en inquietud, temiendo ver a su primog&eacute;nito herido. Me alcanzaron una espada de juguete, de esas que vend&iacute;a mi t&iacute;o en el Quiosco, con su empu&ntilde;adura engalanada de un perfecto rub&iacute; de pl&aacute;stico, &ldquo;la aut&eacute;ntica espada de Ricardo Coraz&oacute;n de Le&oacute;n&rdquo; como rezaba en la envoltura. <br />El bullicio de la plaza se ahog&oacute; de silencio, tanto que hasta el asustado animal se par&oacute; en seco, frente a m&iacute;, con sus ojillos bovinos nublados por el polvo, con el hocico seco por la loca carrera y las manos lastimadas por la hiriente arena. Y, sin saber c&oacute;mo, ejecut&eacute; el volapi&eacute;. El estoque fingido resbal&oacute; por el lomo y not&eacute;, en el pu&ntilde;o, la h&uacute;meda piel de mi enemigo. Uno de los incipientes cuernos me roz&oacute; el costado, pero los v&iacute;tores del p&uacute;blico cubrieron mi miedo. <br />Luego, todo el mundo por la calle me llamaba &ldquo;el torero&rdquo;, despertando la timidez que me hac&iacute;a encender de rubor mejillas y orejas. Al principio me sent&iacute;a el centro del mundo, pero pronto me agobi&oacute; la insistencia de la gente y hasta me daba verg&uuml;enza salir a la plaza, por eso me alegr&eacute; de que, al poco tiempo, nadie recordara mi &eacute;xito. <br />Pero no todos olvidaban, mi t&iacute;o, autoproclamado apoderado, segu&iacute;a planificando mi carrera taurina. Ya le hab&iacute;a fallado lo del f&uacute;tbol, y eso que pas&aacute;bamos tardes enteras practicando en la plaza con el equipamiento del Real Madrid que me hab&iacute;a comprado, intentando, por todos los medios, convertirme en jugador zurdo como su idolatrado &ldquo;Gento&rdquo;. <br />-Tienes que ser zurdo &ndash;me repet&iacute;a mientras me mol&iacute;a a lanzamientos con sus poderosos brazos. Sin embargo, los desvelos de mi entrenador dieron como resultado una evidente dislexia y, en lugar de convertirme en un habilidoso extremo ambidiestro, llegu&eacute; a ser un aut&eacute;ntico y torpe ambizurdo. <br />Por eso, decidido a hacer de m&iacute; un &iacute;dolo de masas y con la evidencia del &eacute;xito de mi debut, fabric&oacute; una muleta con un trozo de capote que un maletilla hab&iacute;a abandonado el a&ntilde;o anterior. Con la habilidad del que trabaja con las manos (hab&iacute;a sido zapatero, alpargatero y zurcidor de balones para &ldquo;Adidas&rdquo;) de un trozo de tela rosa forj&oacute; la herramienta que deber&iacute;a catapultarme hacia la fama. <br />As&iacute;, entre secretos preparativos, pas&oacute; un a&ntilde;o y llegaron de nuevo las fiestas y, como todo el mundo esperaba, &ndash;quiz&aacute;s todos menos yo- el d&iacute;a de la confirmaci&oacute;n de mi alternativa. Desfil&eacute; ungido con el capote &ldquo;de verdad&rdquo;, con la responsabilidad del veterano, con el miedo del que sabe lo que le espera, con una camisa ce&ntilde;ida imitaci&oacute;n seda que me har&iacute;a invulnerable a las cornadas y, sobre todo, con la determinaci&oacute;n ciega del que sabe que no puede echarse atr&aacute;s. Sali&oacute; el novillo limpiando de ni&ntilde;os la plaza. Corriendo como un poseso por la libertad recobrada, bramaba rabioso topando con las vallas. Yo lo ve&iacute;a como un Miura cinque&ntilde;o propio de la Maestranza de Sevilla. Los diez cent&iacute;metros de asta, para m&iacute;, eran m&aacute;s de cincuenta y para colmo era colorado que, como todos los ni&ntilde;os sab&iacute;amos, son los m&aacute;s fieros. <br />Colorado, ojo de perdiz, bocilavado, meano, list&oacute;n, cornigacho y mog&oacute;n, corri&oacute; hacia m&iacute; en brava embestida. Lo recib&iacute; con la derecha, dos pases en redondo y un ayudado por alto, pero cuando los v&iacute;tores del respetable ensordec&iacute;an mi &aacute;nimo, vino el fat&iacute;dico viento, ese pu&ntilde;etero bochorno de agosto, racheado, c&aacute;lido como el aliento de un drag&oacute;n, lleno de tierra y angustia. La sutil protecci&oacute;n de la capa se convirti&oacute; en embozo, cubri&eacute;ndome la cabeza y nublando mi vista. El animal, despejado del muro de tela que me parapetaba, encontr&oacute; de lleno mis sufridas carnes. Me vi arrastrado, con la cabeza a&uacute;n cubierta por la franela, por el rugoso suelo de gravilla y arena. Sufr&iacute; los rabiosas acometidas del bravo ejemplar que llen&oacute; mis ropas de baba y descarn&oacute;, por el arrastre, mis piernas y codos. <br />Fui liberado de la furia animal, magullado en cuerpo y alma, con la verg&uuml;enza del vencido, con la humillaci&oacute;n del fracaso. En casa de mis abuelos me hicieron la primera cura. Una vez limpias y cubiertas de vendas las heridas, mi abuelo prometi&oacute; que no dejar&iacute;a a nadie que me embaucara en asuntos taurinos. Yo, aliviado en parte, cojeaba por la casa esperando que el dolor pasara. Nadie crey&oacute; mi versi&oacute;n del revolc&oacute;n, parec&iacute;a que, entre la batahola de gritos y &ldquo;uiis&rdquo;, la r&aacute;faga de viento que oscureci&oacute; mi gloria hab&iacute;a pasado desapercibida. Yo repet&iacute;a a mi t&iacute;o la excusa del accidente, pero no me escuchaba, hasta que un d&iacute;a mi padre lleg&oacute; con las reveladoras instant&aacute;neas del fot&oacute;grafo que ven&iacute;a todos los a&ntilde;os por las fiestas, ese que nos retrat&oacute; a mis hermanos y a m&iacute; subidos en un carrito tirado por un burro de fieltro. No s&eacute; quien estaba m&aacute;s feliz, mi padre o yo. <br />En las fotos, se ve&iacute;a claramente que el capote me cubr&iacute;a el rostro, que el viento traidor, con su ardiente bofetada, hab&iacute;a dejado libre el terreno para humillar mi gloria. Pueden decir de m&iacute; que soy un cobarde, pero ese temprano contratiempo me retir&oacute; de los ruedos y &ndash;&iexcl;lo que es la fama!&ndash; nadie record&oacute; mi ef&iacute;mero triunfo. <br />Con los a&ntilde;os me hice veterinario, parece que me dije: <br />&iexcl;Si no puedes matarlos prueba a curarlos!</p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 16:50:00 +0000</pubDate></item><item><title>QUERIDO AMOR -Julia Gallego-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063006-querido-amor-julia-gallego-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063006-querido-amor-julia-gallego-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><em><strong>Veintitr&eacute;s de Abril</strong></em> <br />Me llamo Adriana y tengo diecisiete a&ntilde;os. T&iacute;a Marisa, es la hermana mayor de mi madre. Cuando era joven, quiso ser escritora. Ese era su <br />sue&ntilde;o. En la actualidad ese sue&ntilde;o solo es un vago recuerdo. Hoy, festividad de San Jorge, sobre las cinco de la tarde, he llegado a Zaragoza y he tomado posesi&oacute;n de su casa en un intento de sacar adelante mi pr&oacute;ximo examen de selectividad. Nada mas llegar, t&iacute;a Marisa, despu&eacute;s de darme un largo abrazo y soltar un par de l&aacute;grimas, me dice: <br />-Adriana, lo siento, tengo que dejarte, me voy de viaje. No quiero llegar demasiado tarde a Madrid. <br />Antes de marcharse me comenta que quiz&aacute; no regrese hasta dentro de cuatro o cinco d&iacute;as. <br />-Depende- dice finalmente. <br />-&iexcl;No te preocupes, t&iacute;a, no voy a morirme por eso! <br />De t&iacute;a Marisa puede decirse eso de: &ldquo;ni soltera ni casada ni separada ni viuda&rdquo;, desde que t&iacute;o Pedro, su marido, decidi&oacute; hacer un largo y ex&oacute;tico viaje de negocios. Mam&aacute;, dice que &ldquo;t&iacute;o Pedro es un sinverg&uuml;enza y un cabr&oacute;n, como muchos otros, y que el &uacute;nico negocio que a &eacute;l siempre le interes&oacute; fue el sexo&rdquo;. <br />Desde luego, en eso, mam&aacute; tiene raz&oacute;n. Yo, visto lo visto, no pienso casarme nunca. Como dice mi profesora de lengua: &ldquo;todos los hombres son una puta mierda&rdquo;. As&iacute; que, mas adelante, cuando quiera echar un polvo voy a ligarme al mejor t&iacute;o que encuentre y despu&eacute;s, &ldquo;si te he visto no me acuerdo&rdquo;. <br />La casa de t&iacute;a Marisa, un doble &aacute;tico en el barrio de Santa Isabel, me gusta. El sal&oacute;n, tiene unos relucientes suelos de parqu&eacute;, unas paredes delicadamente estarcidas, con una l&aacute;mpara de cristal y metal dorado. La cocina, es amplia y funcional. Una escalera con una adornada balaustrada de madera de roble conduce al piso superior. El dormitorio principal, el de t&iacute;a Marisa, es una habitaci&oacute;n espaciosa. Los muebles de oscura madera de teka resaltan sobre la blanca alfombra de nudo. La siguiente habitaci&oacute;n, la de primo Roberto, es la que est&aacute; en la siguiente puerta de la izquierda. Todo en la casa es perfecto. Me encanta. </p><p align="justify"><em><strong>Veinticuatro de Abril</strong></em> <br />El tel&eacute;fono suena. <br />-&iquest;S&iacute;&hellip;? <br />-No, no est&aacute;. Le dir&eacute; que ha telefoneado usted. Buenas noches. <br />El tel&eacute;fono son&oacute; a las nueve menos cuarto. Estaba tumbada en la cama con unos cuentos y relatos de t&iacute;a Marisa, a mi lado, confiando que<br />alguno de ellos me ayudar&iacute;a a pasar la noche. Veinte minutos despu&eacute;s, deslizo mi mano en busca del &aacute;lbum de fotos que, ella, guarda en su mesilla de noche, y tropiezo con algo que parece ser una carta. Algo en ella resulta perturbador. Dudo. &ldquo;Me estoy volviendo loca- pienso&rdquo;. No tiene sentido inmiscuirme en la intimidad de sus cuartillas. Miro a m&iacute; alrededor. No hay nadie. Estoy sola, en la cama, en el cuarto, en la casa. En este momento, hago lo que siempre suelo hacer: me muerdo el labio inferior y, sin m&aacute;s, me adentro por el alma de unas palabras que no me pertenecen: <br /><em>Ave Mar&iacute;a Pur&iacute;sima.</em> </p><p align="right">D&iacute;a 5 de Febrero del a&ntilde;o 2000 Lonavla, India. </p><p align="justify">&ldquo;Querido amor: He comenzado decenas de cartas y no he terminado ninguna. He perdido la cuenta de cuantas veces tiemblo al so&ntilde;ar que te toco, al so&ntilde;ar que te tengo, al so&ntilde;ar que me amas. A lo largo de los a&ntilde;os, y tras aquella primera y &uacute;nica vez, trato de racionalizar mi desasosiego. Aunque lejos en el tiempo y en el espacio, en mis sue&ntilde;os siempre permaneces conmigo. En estos &uacute;ltimos d&iacute;as, en ellos, apareces muy p&aacute;lida. &iquest;Te encuentras bien? &iquest;Qu&eacute; te ocurre? De nuevo, esta frase: <br />-Ave Mar&iacute;a Pur&iacute;sima. <br />-Sin pecado concebida. <br />-&iquest;Se encuentra bien? &iquest;Qu&eacute; le ocurre?- pregunt&eacute; ante tu silencio. <br />-&ldquo;El d&iacute;a que muri&oacute; mi madre, yo deber&iacute;a haber muerto con ella&rdquo;- atinaste a decir. <br />Cuando abr&iacute; los ojos hab&iacute;as desaparecido. Durante las siguientes semanas, no dej&eacute; de pensar en aquella extra&ntilde;a confesi&oacute;n. Al cabo de un tiempo, volv&iacute; a verte. &Eacute;sta vez, fue la biblioteca el lugar de nuestro encuentro. <br />-Marisa, te presento al padre Roberto- dijo Esther al presentarnos. <br />-Me alegro de conocerle- acertaste a decir. <br />-Usted debe ser la nueva maestra de la que he o&iacute;do hablar&hellip;- dije, casi susurr&eacute;, al tiempo que nuestras manos se encontraban.&nbsp;<br />-S&iacute;, en efecto&hellip; <br />Yo te observaba. Durante un segundo, me pareci&oacute; que se produc&iacute;a un melanc&oacute;lico suspiro. En mi subconsciente, algo trataba de salir a la superficie, algo verdaderamente importante que yo trataba de eludir. <br />Aquella noche, mi sue&ntilde;o fue inquieto. So&ntilde;&eacute; contigo. No era de extra&ntilde;ar que hubiese so&ntilde;ado con tu rostro. <br />Y anduvieron los meses y comenzamos a hablar de nosotros. Yo te expliqu&eacute; las razones por las que, en mi juventud, ingres&eacute; en el seminario. T&uacute; dec&iacute;as que la vocaci&oacute;n no debe tener razones. <br />-Es verdad- te dije. <br />Despu&eacute;s de un breve intercambio de frases me confesaste lo de tu matrimonio&hellip; Ante aquello, &iquest;Qu&eacute; pod&iacute;a responderte yo? No dije nada. Lo mejor era dejarte en paz. Tal vez, estabas atravesando una crisis de evoluci&oacute;n. <br />A medida que fuimos conoci&eacute;ndonos, las cosas se me pusieron mucho m&aacute;s dif&iacute;ciles. <br />-Siento tu presencia, y tu p&eacute;rdida tanto&hellip; - te dije, una tarde, a tu regreso de las vacaciones de aquel verano de los setenta. Que lejos estaba de imaginar que &eacute;se ser&iacute;a nuestro &uacute;ltimo verano&hellip; <br />-Trata de comprender&hellip; Roberto, haz un esfuerzo- dec&iacute;an tus labios. <br />-Pero, tus deseos no dijeron lo mismo. <br />-No quiero comprender, no quiero hacerlo&hellip; Marisa. &iexcl;Te amo! <br />-&iexcl;Por favor&hellip;! <br />Nos abrazamos. Y en medio de aquellas alternativas de amor, de remordimiento y de placer, perd&iacute; el h&aacute;bito de reflexionar. <br />A partir de aquel breve pero intenso encuentro de amor, tuve miedo. &iquest;Por qu&eacute; no confesarlo? Si me hubiera quedado habr&iacute;a sido una deshonra para los dos. Corr&iacute;an otros tiempos, malos tiempos&hellip; para los sentimientos, para las libertades, malos tiempos para todo. <br />Algunas semanas mas tarde, despu&eacute;s de escribirte una larga carta, hice una visita al Arzobispo de mi Di&oacute;cesis y, un nuevo y alejado destino me separ&oacute; de ti. <br />A&ntilde;o tras a&ntilde;o, busqu&eacute; a Dios en diferentes misiones y en diferentes lugares pero, &iquest;De qu&eacute; me val&iacute;a buscar a Dios en los lugares santos si &Eacute;l segu&iacute;a viviendo en tu coraz&oacute;n? Miles de veces me pregunt&eacute;: <br />-&iquest;Qui&eacute;n soy yo? <br />Un buen d&iacute;a, lleg&oacute; hasta mis manos un libro de cuentos: &ldquo;The Song of the Bird&rdquo; del P. Anthony de Mello, un sacerdote cat&oacute;lico de aqu&iacute;. A partir de su lectura y en uno de aquellos cuentos, encontr&eacute; la respuesta a mi pregunta: <br />&ldquo;La mu&ntilde;eca de sal&rdquo;.<br />Con la esperanza puesta en tu perd&oacute;n, deseo que mis palabras se conviertan en boca. <br />Para, besarte&hellip; Para besarte&hellip; </p><p align="justify">P.D: A principios de este a&ntilde;o, Esther estuvo varios d&iacute;as conmigo, ya sabes que siempre le gust&oacute; hacer largos viajes. Supongo que te habr&aacute; contado lo mucho que hablamos de ti. Por ella he sabido que ya no vives en el mismo lugar donde nos conocimos y, fue ella, la que me dio tu nueva direcci&oacute;n. Asimismo, le ped&iacute; que te hiciera llegar mi regalo: ese libro del que te hablo. Te lo mando traducido al espa&ntilde;ol. Espero que, al leerlo, encuentres el cuento al que me refiero y, as&iacute;, comprendas qui&eacute;n soy yo, y qui&eacute;n eres t&uacute; en la historia de nuestro amor. El pr&oacute;ximo mes de Abril, el d&iacute;a veinticuatro, llegar&eacute; a Madrid. Tengo que pedirte un favor: Apenas llegue al aeropuerto te har&eacute; una llamada. Si no escucho tu voz al otro lado del hilo, ser&eacute; un hombre feliz, ser&aacute; que me amas y est&aacute;s esper&aacute;ndome." <br />&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 16:38:00 +0000</pubDate></item><item><title>EN EL MAR -Marisa Fanlo-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063005-en-el-mar-marisa-fanlo-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063005-en-el-mar-marisa-fanlo-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><em><strong>Ellos nunca hablaban de la primera vez que vieron el mar.</strong> Tuve que interpretar lo que dec&iacute;a &eacute;l en sus &uacute;ltimos momentos de vida. Ella, despu&eacute;s, me sigui&oacute; dando pistas, pero nunca hablaba de aquella vez que vieron el mar. <br />Ahora acabo de salir del trabajo. Voy a recoger algo de ropa a casa y me voy hacia Barcelona. Tengo que visitar al mar. Ese mar que escuch&oacute; <br />sus quejas hace tantos a&ntilde;os y que ahora tiene que escuchar las m&iacute;as. <br />A ella la enterramos ayer. <br />A &eacute;l hace tres meses. </em></p><p align="justify">Ella era mi madre y viv&iacute;a en un pueblo de Arag&oacute;n cuando estall&oacute; la guerra civil. <br />Ella me contaba que cuando lleg&oacute; Durruti a su pueblo dijo aquello de &ldquo;que no falte un trabajador m&aacute;s de su casa&rdquo; y salv&oacute; a su padre, al que iban a fusilar por ser de derechas. <br />Ella hablaba de los bombardeos, de los muertos, de la iglesia vieja donde se api&ntilde;aban los milicianos y donde se iban a refugiar los civiles; de aquella vez en que ella se cay&oacute; encima de un grupo, al entrar corriendo con mi hermana de la mano huyendo de un bombardeo; de la chica que muri&oacute; justo en la puerta de la iglesia durante una de esas lluvias de metales; de aquella mujer que mataron por gritar &ldquo;Viva <br />Cristo Rey&rdquo; o de la otra cuyo &uacute;nico delito fue bordar la bandera republicana. <br />Ella recordaba los viajes andando hasta el monte, all&aacute; en los Monegros, a varios kil&oacute;metros del pueblo, para llevar comida a sus padres y a otra gente que estaba all&iacute; escondida. <br />Ella nombraba a una miliciana que la ayud&oacute; ejerciendo de comadrona cuando mi madre dio a luz a su primer hijo var&oacute;n. Dec&iacute;a que la hab&iacute;a tratado muy bien. Hab&iacute;a una especie de admiraci&oacute;n, oculta en sus palabras, hacia esa mujer que no segu&iacute;a los esquemas tradicionales de una sociedad que ella misma sufr&iacute;a y no se atrev&iacute;a a romper. <br />Ella se qued&oacute; sola con dos ni&ntilde;os peque&ntilde;os. Su marido hab&iacute;a ido a luchar por la rep&uacute;blica. Adem&aacute;s, sus hermanas estaban en Zaragoza, por lo que ella sola se encargaba de sus padres en el monte y de sus hijos en el pueblo. <br />Ella lleg&oacute; a Barcelona buscando una lista de nombres entre la que quiz&aacute;s apareciese su marido muerto. Lleg&oacute; con un ni&ntilde;o de un mes. Un <br />ni&ntilde;o d&eacute;bil, pues hab&iacute;a sufrido un embarazo lleno de angustias y sobresaltos. </p><p align="justify">&Eacute;l era mi padre. Hab&iacute;a escapado de su pueblo a las pocas semanas de iniciada la guerra. Hu&iacute;a del miedo. De ese miedo que le recorr&iacute;a la espina dorsal cada vez que le llamaban del cuartel general de los anarquistas. Pas&oacute; el r&iacute;o colgado de la sirga de la barca que hab&iacute;an quemado los que escapaban de los rojos pocos d&iacute;as antes. <br />&Eacute;l lleg&oacute; al otro lado huyendo de una guerra. No lo consigui&oacute;. Otro ej&eacute;rcito lo esperaba con los brazos abiertos. Encontr&oacute; la misma guerra que no le dejaba escapar y se enrol&oacute; en el ej&eacute;rcito franquista. <br />&Eacute;l nunca contaba nada de esto: que no fue comprendido por su familia, que no entendieron el miedo; sobre todo porque ese miedo estaba re&ntilde;ido con sus intereses. <br />&Eacute;l hab&iacute;a abandonado las propiedades de la familia en el pueblo a merced de los milicianos. Algunos nunca le perdonaron ese miedo, lo cual no deja de ser curioso, porque ellos se hab&iacute;an ido antes por la misma raz&oacute;n. Otros apuraron el perd&oacute;n hasta unos d&iacute;as antes de que muriera, sesenta a&ntilde;os despu&eacute;s de los hechos. <br />&Eacute;l recorri&oacute; toda Espa&ntilde;a durante tres a&ntilde;os y, como la guerra, acab&oacute; en Barcelona. <br />&Eacute;l vio muchas cosas que nunca nos cont&oacute;. Pero no tuvo que luchar con un arma en la mano. Durante ese tiempo hab&iacute;a evitado todo contacto con la sangre. Estaba en telecomunicaciones, con lo cual lo ten&iacute;a relativamente f&aacute;cil. <br />&Eacute;l lleg&oacute; a Barcelona cuando entraron los nacionales. La primera noche decidi&oacute; ir a la playa. Iba caminando hacia el mar y lleg&oacute; alguien por detr&aacute;s. Le golpearon y &eacute;l instintivamente ech&oacute; mano de su pistola. </p><p align="justify"><em>Yo me he quedado sola. Y lo &uacute;nico que quiero es ver el mar. El mar que uni&oacute; a mis padres y del que luego escaparon para poder olvidar. Yo lo hago al rev&eacute;s. Yo voy a escapar al mar. </em></p><p align="justify">Ella estaba despidi&eacute;ndose de aquel ni&ntilde;o al que nunca volvi&oacute; a visitar en su tumba. Acababan de decirle que era viuda. Entonces vio el mar por primera vez. Se dio la vuelta y empez&oacute; a caminar hacia la orilla del mar azul de Barcelona. <br />&Eacute;l segu&iacute;a temblando cuando lleg&oacute; al mar. Lo vio por primera vez minutos despu&eacute;s de matar a alguien. La primera y &uacute;nica vez en su vida que matar&iacute;a a nadie. </p><p align="justify"><em>Probablemente me parezco a ella en las desgracias de todo tipo que hemos sufrido. <br />Y seguro que de &eacute;l he heredado el saber callar. <br />Ya no quiero m&aacute;s desgracias ni quiero callar m&aacute;s. </em></p><p align="justify">A mediod&iacute;a ambos coincidieron buscando comida en un refugio que estaba montando el Auxilio Social en una calle al lado de la playa. <br />Ya no se separar&iacute;an.</p><p align="justify"><em>Y aqu&iacute; estoy yo. Frente al mar. Frente a ese mar que ellos vieron por primera vez en uno de los peores momentos de sus vidas. Ellos pasaron p&aacute;gina porque se encontraron. Yo estoy cansada ya, encerrada en un mundo que me ha dejado sola. He perdido a las personas que daban sentido a mi vida. Hoy me voy a liberar de mi continuo encierro. Se acab&oacute;. Quiero olvidar todo: sus sufrimientos y los m&iacute;os; su muerte y mi soledad. </em></p><p align="justify"><em><strong>Ellos nunca me hablaron de la primera vez que vieron el mar.<br />Yo tampoco hablar&eacute; de esta &uacute;ltima vez que estoy viendo el mar.</strong></em></p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 16:17:00 +0000</pubDate></item><item><title>YO ME ACUERDO -Ana Mar&#xED;a Roca&#xF1;&#xED;n-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063004-yo-me-acuerdo-ana-maria-rocanin-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063004-yo-me-acuerdo-ana-maria-rocanin-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><br />&hellip; De cenar sentada en la banca de mi abuela al lado del hogar. <br />&hellip; De la gitana que llamaba a la puerta de casa y a cambio de hacer una cesta de anea, mi madre le daba un hueso del pernil. Yo siempre me preguntaba como se las compon&iacute;a esa se&ntilde;ora para convertir aquel zancarr&oacute;n en cesta. <br />&hellip; De las historias que me contaba mi abuelo Ferm&iacute;n sobre la guerra de Melilla y me acuerdo de la canci&oacute;n que se inventaron entre tres compa&ntilde;eros que se llamaba &ldquo;La quinta del 24&rdquo;. <br />&hellip; De la primera sonrisa de mis hijos a los pocos d&iacute;as de nacer. <br />&hellip; Del d&iacute;a que naci&oacute; mi hermana. Yo volv&iacute;a del colegio despu&eacute;s de un gran sofoc&oacute;n porque la maestra se hab&iacute;a empe&ntilde;ado en que saldr&iacute;a de all&iacute; &ldquo;sabiendo sumar quebrados&rdquo;. Me mandaron a comprar un chupete y todo el mundo se pens&oacute; que yo hab&iacute;a llorado por mi hermana. <br />&hellip; De los quesitos helados que vend&iacute;an en el quiosco. <br />&hellip; De cuando hac&iacute;an las vacas en la plaza. Recuerdo el olor de la madera de las vallas. <br />&hellip; De bebernos la gaseosa en el cine y ponerla tumbada para que se fuese redolando por el suelo de madera cuesta abajo e hiciese ruido.</p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 16:05:00 +0000</pubDate></item><item><title>YO ME ACUERDO -Arrate Gallego-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063003-yo-me-acuerdo-arrate-gallego-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063003-yo-me-acuerdo-arrate-gallego-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Yo me acuerdo de las tardes de Domingo viendo la tele en casa de los abuelos. <br />Me acuerdo de la serie Sandok&aacute;n, y que invit&aacute;bamos a nuestros vecinos para que vinieran a verla con nosotros, porque ellos no ten&iacute;an televisor. <br />Me acuerdo que te marchaste con tus amigos en una tarde de Domingo. <br />Me acuerdo de la ropa que llevabas, del olor a tierra mojada, a le&ntilde;a quemada, del olor a ti. <br />Me acuerdo que te esper&eacute; sentada en la escalera de piedra que daba al patio. <br />Me acuerdo del miedo y el dolor, porque no regresaste.</p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 16:02:00 +0000</pubDate></item><item><title>YO ME ACUERDO -Jaime Sanz-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063002-yo-me-acuerdo-jaime-sanz-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063002-yo-me-acuerdo-jaime-sanz-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Yo me acuerdo de la casa donde viv&iacute; hasta los nueve a&ntilde;os, con sus paredes azules, su suelo fr&iacute;o y sus radiadores de hierro fundido. <br />Yo me acuerdo de la boina y del bast&oacute;n de mi abuelo paterno. <br />Yo me acuerdo de mi abuela materna, menuda y siempre vestida de negro, viendo la misa los domingos en su televisi&oacute;n de blanco y negro. <br />Yo me acuerdo de la vieja gallina de mi abuela, huidiza, asustadiza, siempre escarbando. <br />Yo me acuerdo del cuatro latas de mi t&iacute;o, blanco, siempre preparado para salir al campo. Yo me acuerdo de haber puesto en la radio alguna cassette de Manolo Escobar. <br />Yo me acuerdo de la puerta castellana de la habitaci&oacute;n de la casa de mi abuela donde dorm&iacute;amos. <br />Yo me acuerdo de un globo que me compr&oacute; una vez mi padre en unos Pilares, y de c&oacute;mo se sub&iacute;a al techo del cuarto de estar, pintado de verde, de la casa donde viv&iacute; hasta los nueve a&ntilde;os. <br />Yo me acuerdo de una cabalgata de los Reyes Magos. Mi padre me llevaba sobre sus hombros. </p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 15:59:00 +0000</pubDate></item><item><title>YO ME ACUERDO -Julia Delcazo-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063001-yo-me-acuerdo-julia-delcazo-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/063001-yo-me-acuerdo-julia-delcazo-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Recuerdo cuando &iacute;bamos a coger moras al paseo y para coger las m&aacute;s buenas hab&iacute;a que subirse a los &aacute;rboles. Y recuerdo que no s&eacute; por qu&eacute; era siempre yo la que se sub&iacute;a, cog&iacute;a las moras y las echaba a las amigas despu&eacute;s, claro est&aacute;, de comerme las m&aacute;s gordas. Y recuerdo que eso que dicen de que &ldquo;para bajar todos los santos ayudan&rdquo; se qued&oacute; grabado en mi memoria como una gran patra&ntilde;a el d&iacute;a que al bajar me deshice el &uacute;nico vestido que ten&iacute;a para mudar, por lo cual, adem&aacute;s del da&ntilde;o que me hice, mi madre cuando llegu&eacute; a casa me propin&oacute; una buena zurra. <br />Recuerdo que cuando ven&iacute;a la t&iacute;a Fina al pueblo, pues trabajaba en la capital, yo me iba con ella a dormir en casa de la abuela. Y me acuerdo de su olor y de c&oacute;mo me contaba cuentos para que me durmiera. <br />Y recuerdo al t&iacute;o Andr&eacute;s que me aupaba en alto y, como era su primera sobrina, me dec&iacute;a: &ldquo;aunque tenga hijos no los podr&eacute; querer como te quiero a ti&rdquo;; pero pronto me di cuenta de que eso no vale. <br />Recuerdo cuando &iacute;bamos de peque&ntilde;as a mirar las carteleras de los dos cines que ten&iacute;amos y de la rabia que nos daba que no fueran &ldquo;toleradas&rdquo; o que lo fueran pero con reparos, que quer&iacute;a decir que si entr&aacute;bamos luego ten&iacute;amos que confesarnos porque, seg&uacute;n nos dec&iacute;an, era pecado. <br />Recuerdo que me eligieron con tres amigas m&aacute;s para llevar la caja de un beb&eacute; que hab&iacute;a fallecido. Lo llevamos andando hasta el cementerio, pues era esa la costumbre entonces, y al volver a casa del peque&ntilde;o difunto me sent&eacute; en una silla con mucho respeto y ve&iacute;a como la gente antes de marchar le daba un beso a la madre de la criatura y le dec&iacute;a unas palabras que sonaban siempre igual, pero que yo no consegu&iacute;a entender. &ldquo;&iquest;Qu&eacute; tengo que decirle?&rdquo; me preguntaba. Mi madre no me hab&iacute;a advertido y a m&iacute; me daba apuro marchar de all&iacute; sin saber lo que ten&iacute;a que hacer. Al final, cuando ya s&oacute;lo quedaba yo, no tuve m&aacute;s remedio que marcharme. Me acerqu&eacute; a la Valentina, que as&iacute; se llamaba, le di un beso y le dije &ldquo;gracias&rdquo;. Cuando me enter&eacute; de que, en vez de gracias, le ten&iacute;a que haber dado el p&eacute;same cog&iacute; una rabieta de verg&uuml;enza que me dio. </p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Jun 2007 15:55:00 +0000</pubDate></item><item><title>YO ME ACUERDO -Marisa Fanlo-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062417-yo-me-acuerdo-marisa-fanlo-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062417-yo-me-acuerdo-marisa-fanlo-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Yo me acuerdo del pil&oacute;n del arco de San Roque que construy&oacute; mi bisabuelo y en el que nos hac&iacute;an fotos a todos sus descendientes cuando no ten&iacute;amos ni un a&ntilde;o. <br />Yo me acuerdo de la tienda de la Pilar&iacute;n, que siempre nos daba chocolate cuando nos ve&iacute;a por all&iacute; fuera. <br />Yo me acuerdo de que mi abuela y sus hermanas siempre estaban en el comedor de la t&iacute;a Carmen, con la ventana que daba a la plaza. <br />Yo me acuerdo de que, cuando era una cr&iacute;a avergonzada de que le acababan de salir las tetas, mis t&iacute;as siempre me dec&iacute;an que ten&iacute;a que andar &ldquo;bien tiesa&rdquo;. <br />Yo me acuerdo de Juan, el Rosquillas, que ten&iacute;a la barber&iacute;a debajo de la casa del cura y que siempre les cortaba el pelo a mis hermanos. <br />Yo me acuerdo del &Aacute;ngel, el Cojo, que no consigui&oacute; que mi hermano se hiciera del Madrid ni con todos los caramelos de su quiosco. <br />Yo me acuerdo de todas las noches que rec&eacute; delante de la Virgen de la cabecera de mi cama para despertarme al d&iacute;a siguiente con el pelo liso y largo. <br />Yo me acuerdo de aquellas noches leyendo debajo de las s&aacute;banas con una linterna. <br />Yo me acuerdo del a&ntilde;o en que me pusieron gafas, quiz&aacute;s por culpa de aquellas noches y aquella linterna. <br />Yo me acuerdo del mes de mayo, de las flores y de los c&aacute;nticos delante de la Virgen que hab&iacute;a en la entrada del colegio. <br />Yo no me acuerdo de cu&aacute;ndo me di cuenta de que no me cre&iacute;a esas historias.</p>]]></description><pubDate>Sun, 24 Jun 2007 18:56:00 +0000</pubDate></item><item><title>COSAS DE LA VIDA -Julia Delcazo-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062416-cosas-de-la-vida-julia-delcazo-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062416-cosas-de-la-vida-julia-delcazo-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Era domingo y est&aacute;bamos mudadas porque hab&iacute;amos ido a Misa Mayor y adem&aacute;s por la tarde &iacute;bamos a ir al cine. <br />&ndash;No os mov&aacute;is de aqu&iacute; que vengo enseguida &ndash; grit&oacute; mi madre desde la puerta de la cocina. <br />&ndash;Vale &ndash; respond&iacute;. <br />&ndash;Y cuida de tu hermana. <br />&ndash;Vale. <br />Nos quedamos en la cocina, en la banca grande, mi hermana y yo. Ella ten&iacute;a un a&ntilde;o y medio. Yo le quito seis. A mi lado una pilada de tebeos: <em>El Capit&aacute;n Trueno, Roberto Alc&aacute;zar y Pedr&iacute;n</em> y unos hombrecillos verdes que ven&iacute;an del espacio transportados en sillones voladores. De estos no recuerdo el nombre, aunque ten&iacute;a muchos y me gustaban. Me los tra&iacute;an los primos de Barcelona cuando ven&iacute;an a casa a pasar el mes de agosto. Est&aacute;bamos en noviembre y ya me los hab&iacute;a le&iacute;do un par de veces. Tambi&eacute;n me tra&iacute;an de <em>Azucena</em> y de <em>Lolita</em>. <br />En el hogar una buena fogata, pues hac&iacute;a fr&iacute;o, y una enorme olla de agua hirviendo. Yo leyendo los tebeos y mi hermana dando vueltas alrededor m&iacute;o: bajaba por la izquierda y pasaba haciendo equilibrios por delante de m&iacute; pisando el hierro que bordeaba por dentro el hogar, se supone que para que la piedra no se quemara, volv&iacute;a a subir por mi derecha una y otra vez... Embebida en mis lecturas, la verdad es que no le prestaba mucha atenci&oacute;n, s&oacute;lo de cuando en cuando le dec&iacute;a &ldquo;ten cuidado que te caer&aacute;s&rdquo;. <br />De pronto uno de sus peque&ntilde;os pies resbal&oacute; y se precipit&oacute; encima del fuego. No s&eacute; c&oacute;mo fue porque todo ocurri&oacute; en d&eacute;cimas de segundo. Recuerdo que la quise sujetar, pero no pude evitarlo y, en vez de caer en el fuego, cay&oacute; en la olla del agua que a su vez se volc&oacute;. <br />La saqu&eacute; del hogar, le remangu&eacute; el vestido y le baj&eacute; los pantalones. Llevaba el culete en carne viva. Yo sent&iacute; nauseas, pero no de asco sino de dolor. Sin embargo no llor&eacute;, aunque ten&iacute;a muchas ganas. La dej&eacute; en medio de la cocina sujet&aacute;ndose la ropa y chillando de dolor y sal&iacute; corriendo de casa en busca de ayuda. <br />A cuatro puertas de mi casa viv&iacute;a la t&iacute;a Carmen, prima de mi padre. Nos llev&aacute;bamos muy bien y nos visit&aacute;bamos todos los d&iacute;as. Pens&eacute; que <br />mi madre estar&iacute;a all&iacute; y desde la puerta gritando pregunt&eacute;: <br />&ndash;&iexcl;T&iacute;a! &iquest;est&aacute; mi <em>mama</em>? <br />&ndash;No &ndash; me contestaron desde la cocina. <br />Sal&iacute; corriendo de all&iacute; y fui a casa de las dos o tres vecinas con las que mi madre ten&iacute;a m&aacute;s confianza. Pero no estaba con ninguna. <br />Entr&eacute; en casa; mi hermana segu&iacute;a llorando y chillando a la vez. Al verme se solt&oacute; la ropa que todav&iacute;a se sujetaba y extendi&oacute; sus brazos hacia m&iacute; a la vez que me llamaba: <em>&ldquo;&iexcl;tata, tata!&rdquo;.</em> <br />Volv&iacute; corriendo a casa de mi t&iacute;a, llorando desconsoladamente. Esta vez entr&eacute; hasta la cocina y al verme enseguida me preguntaron: <br />&ndash;&iquest;Qu&eacute; te pasa? <br />&ndash;&iexcl;Mi hermana se ha ca&iacute;do al fuego! <br />No preguntaron nada m&aacute;s; se levantaron y con las manos en la cabeza echaron a correr ella y mis primas que tambi&eacute;n estaban. Salieron hacia mi casa. Yo las segu&iacute;a. Mi hermana se o&iacute;a llorar desde el patio. <br />&ndash;&iexcl;Alabado sea Dios! &ndash; dijo mi t&iacute;a cuando la vio asomar por la puerta. <br />La pobre me hab&iacute;a seguido llamando: <em>&ldquo;&iexcl;tata, tata!&rdquo;.</em> La cogieron en brazos con cuidado y la llevaron a su casa. La desnudaron, le untaron el culete con aceite de oliva y la envolvieron en gasas. <br />Cuando lleg&oacute; mi madre a casa se encontr&oacute; la puerta de par en par y el fuego apagado. La suerte fue que la misma agua que escald&oacute; a mi hermana apag&oacute; las llamas ya que si le hubieran prendido las ropas de lana que llevaba seguro que el desastre hubiera sido mucho mayor. Al fin y al cabo yo s&oacute;lo ten&iacute;a ocho a&ntilde;os. <br />Con aquellas quemaduras hoy la habr&iacute;an ingresado con urgencia en la unidad de quemados y habr&iacute;a estado por lo menos tres meses. <br />Llamaron al m&eacute;dico, que le hizo una cura con pomadas y gasas esterilizadas. El medicamento que le pon&iacute;an val&iacute;a sesenta pesetas y lo gastaban en un d&iacute;a, pues era mucha extensi&oacute;n la que llevaba quemada y ten&iacute;an que curarla dos veces al d&iacute;a. El jornal de un hombre por aquel entonces ascend&iacute;a a cincuenta o sesenta pesetas. <br />Le cost&oacute; casi a&ntilde;o y medio curarse y cuando pudo ponerse de pie no sab&iacute;a andar. Con m&aacute;s de tres a&ntilde;os tuvo que volver a aprender. Por entonces ya le hab&iacute;an cicatrizado las heridas y le picaban y le molestaban tanto que hab&iacute;a que estar toda la noche rasc&aacute;ndole. Dorm&iacute;amos juntas y yo le rascaba, pero me cansaba y entonces ven&iacute;a mi madre un rato. Yo me iba a su cama con mi padre. Despu&eacute;s se levantaba &eacute;l y luego yo volv&iacute;a a mi cama otra vez. As&iacute; pasamos muchas noches y nunca he olvidado aquel lloriqueo: <em>&ldquo;&iexcl;que me picaaaa, que me picaaaa!&rdquo;.</em> Era un sonsonete mec&aacute;nico y machac&oacute;n que nos estremec&iacute;a a todos y m&aacute;s de alguna vez nos hac&iacute;a llorar de impotencia. <br />Nadie hizo reproches a nadie porque todos nos sent&iacute;amos culpables de lo sucedido. Mi madre, que fue a ver a su padre que se hab&iacute;a puesto enfermo, se sent&iacute;a culpable por dejarnos solas; mi padre por no estar en casa y yo por no tener m&aacute;s cuidado. <br />Lo que iba a ser una fiesta se convirti&oacute; en una desgracia y, puesto que tan s&oacute;lo cont&aacute;bamos con el sueldo de mi padre, aquello, a&ntilde;adido a nuestra humilde situaci&oacute;n, fue la gota que colma el vaso. <br />No obstante nos sentimos muy felices el d&iacute;a que mi hermana empez&oacute; a andar de nuevo y a hacer vida normal. <br />Mis padres acababan de vender a un carnicero un corderillo que anteriormente hab&iacute;amos comprado muy barato a un ganadero. Lo vend&iacute;an barato porque la oveja madre hab&iacute;a tenido gemelos y le quitaban uno para que criara bien al otro o simplemente porque no lo pod&iacute;a criar. Nosotros lo criamos con biber&oacute;n primero y luego con alfalfa, ma&iacute;z, etc., durante un par de meses y luego lo vendimos para sacar un dinerillo extra. </p><p align="justify">Aquel domingo, mi padre, muy contento porque se lo hab&iacute;an pagado bien, dijo mientras com&iacute;amos que ya que no ten&iacute;amos que tapar ning&uacute;n agujero, nos &iacute;bamos a hacer un regalo los cuatro y por la tarde ir&iacute;amos todos juntos al cine. Yo, aunque nunca he sido muy expresiva, recuerdo que me sent&iacute; tan feliz que hasta toqu&eacute; palmas. Y mi hermana, al verme, tambi&eacute;n. Mi madre pregunt&oacute;: <br />&ndash;&iquest;Nos lo podemos permitir? <br />Y mi padre contest&oacute;: <br />&ndash;No lo s&eacute;, pero nos lo merecemos. <br />Aquellas palabras, que quiz&aacute;s no terminaba de comprender, me sonaron bonito. <br />Proyectaban, en uno de los dos cines que ten&iacute;amos por entonces en el pueblo, la pel&iacute;cula <em>Sis&iacute; emperatriz</em>. Mi madre y yo est&aacute;bamos entusiasmadas, pues era una pel&iacute;cula de mucho &eacute;xito. <br />No la vi hasta muchos a&ntilde;os despu&eacute;s, cuando la volvieron a poner. </p>]]></description><pubDate>Sun, 24 Jun 2007 18:42:00 +0000</pubDate></item><item><title>AQUELLA NO ERA SU GUERRA -Julia Gallego-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062415-aquella-no-era-su-guerra-julia-gallego-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062415-aquella-no-era-su-guerra-julia-gallego-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Pap&aacute; es la persona que m&aacute;s quiero en el mundo. Le quiero igual, igual que a la abuela. A m&iacute; me gusta mucho cuando pap&aacute; me levanta en el aire. &Eacute;l, con sus manos cruzadas sobre la cabeza, se agacha un poco y yo, entonces, me cuelgo de uno de sus brazos. Despu&eacute;s, &eacute;l, lentamente, se pone en pie y gira y gira. Y yo vuelo y vuelo en su derredor hasta que siento que me mareo. Entonces &eacute;l deja de girar y girar y yo dejo de volar y volar y, con sus fuertes brazos, me coge para que no me caiga y me asienta sobre sus rodillas y me cuenta cosas de cuando &eacute;l no era a&uacute;n mi pap&aacute;, de cuando &eacute;l y mam&aacute; se enamoraron y se hicieron novios, mucho antes de que &eacute;l se marchara a Rusia, un pa&iacute;s muy fr&iacute;o y muy lejano. Tan fr&iacute;o que hasta el aliento se le quebraba en el aire y tan lejano que anduvo tiempo y tiempo metido en viejos y negros trenes que atravesaron de punta a punta parte de la vieja Europa. Pap&aacute;, cuando me cuenta estas cosas, me aprieta muy fuerte contra su pecho y me dice que, a veces, cuando se es joven, uno no es del todo el uno que debiera ser y que eso lo supo al poco de llegar all&iacute;. Me habla tambi&eacute;n de muchos compa&ntilde;eros suyos menos afortunados que &eacute;l. &ldquo;Soldados espa&ntilde;oles intr&eacute;pidos y valientes&rdquo;, dice, que quedaron muertos en vida en los campos de Siberia. A pap&aacute;, cuando me cuenta estas cosas, siempre le caen las l&aacute;grimas. Pap&aacute; tambi&eacute;n me dice: <br />-Escucha, cari&ntilde;o; en todas partes hay gentes buenas, nunca olvides esto. En Rusia, la poblaci&oacute;n civil era buena y sufrida y aquellas pobres gentes no ten&iacute;an culpa de nada. Y, en las trincheras, el comunismo no fue nuestro peor enemigo. All&iacute;, el enemigo m&aacute;s sanguinario de todos y el &uacute;nico invencible fue el fr&iacute;o. <br />Yo, entonces, mientras pienso si ser&aacute; ese mismo u otro fr&iacute;o el causante de que mis manos y mis pies se llenen de saba&ntilde;ones en cada invierno, le pregunto: <br />-&iquest;Qui&eacute;n es el comunismo? <br />Pap&aacute; me dice que nadie en concreto, que eso tan solo es una ideolog&iacute;a y que tiempo tendr&eacute; de saberlo cuando sea mayor. Despu&eacute;s de largo rato de contarme lo del frente de Leningrado, lo del r&iacute;o Vokhov y la retirada de sus tropas, pap&aacute; saca del bolsillo de su camisa de cuadros un paquete de Ideales y, lentamente, rasca una cerilla y se enciende un cigarro. Lo fuma despacio, aspirando muy fuerte y echando largas bocanadas de humo. Mientras lo hace, calla entristecido. Yo, entonces, me acerco mucho a &eacute;l y le miro a los ojos. La abuela siempre dice que en los ojos de las personas se refleja el alma. Pero en los ojos verdes de pap&aacute; no veo nada. As&iacute;, muy juntos los dos, echo mis brazos alrededor de su cuello y le beso y le abrazo y le digo que la guerra es mala, muy mala. O eso mismo dice de la guerra la abuela. <br />Pap&aacute; sigue diciendo que aquella no era su guerra, que maldita inconsciencia la de su juventud y que aquel no era su lugar, que tan solo los malos sue&ntilde;os o el fatal destino le hab&iacute;an empujado hacia ese lado. Tambi&eacute;n me cuenta c&oacute;mo aquellos alemanes, tan duros y tan malos, amigos de uno que mandaba y se llamaba Hitler, a los que pap&aacute;, equivocadamente, fue a ayudar, entraban en pueblos y ciudades de Rusia y lo arrasaban todo. &Eacute;l dice que nunca dispar&oacute; contra nadie, que su &uacute;nica misi&oacute;n en aquella maldita guerra era la de enlace. Entonces le pregunto qu&eacute; es ser enlace y &eacute;l me explica que el enlace es la persona encargada de llevar los partes, los correos y las contrase&ntilde;as de un campamento a otro. Yo le digo que no entiendo eso de los correos, los partes, las contrase&ntilde;as y todas las dem&aacute;s cosas de esa maldita guerra. Entonces &eacute;l me dice: <br />-No importa. <br />Al poco, mam&aacute; viene a buscarme para darme la merienda, pan y chocolate &ldquo;La Mutualidad&rdquo;, y le ri&ntilde;e a pap&aacute; y le dice que eso no son cosas para contarle a una ni&ntilde;a. Entonces &eacute;l la besa en la boca y la llama Irina. Despu&eacute;s, mam&aacute; se suelta y llora quedamente y dice que la culpa de toda esta locura de pap&aacute; la tiene la Divisi&oacute;n Azul y la bebida.</p>]]></description><pubDate>Sun, 24 Jun 2007 18:30:00 +0000</pubDate></item><item><title>VIDA DE SEGUNDA MANO -Ana Mar&#xED;a Roca&#xF1;&#xED;n-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062414-vida-de-segunda-mano-ana-maria-rocanin-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062414-vida-de-segunda-mano-ana-maria-rocanin-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Sali&oacute; de la casa dando un portazo. Se sent&oacute; en las escaleras de la entrada y respir&oacute; hondo. <br />Vio su bicicleta de paseo apoyada en la verja, se levant&oacute; y r&aacute;pidamente sali&oacute; pedaleando. Sali&oacute; del pueblo y tomo el camino hacia el acantilado, uno de sus lugares preferidos. Cuando lleg&oacute; estaba sudorosa y sofocada por la mezcla del esfuerzo y la rabia contenida. <br />Apoy&oacute; la bicicleta en un &aacute;rbol y se acerc&oacute; al precipicio. El mar chocaba contra las rocas embravecido, furioso, echando espuma. As&iacute; se sent&iacute;a ella y grit&oacute;, grit&oacute; hasta unirse con el mar, c&oacute;mplices los dos, unidos en la soledad y en la furia. <br />Cuando se volvi&oacute;, observ&oacute; que la bicicleta hab&iacute;a perdido un pedal. No se hab&iacute;a percatado durante el camino de que llevaba el pie apoyado &uacute;nicamente en la barra de acero. <br />Siempre le hab&iacute;a dado problemas. Aquel d&iacute;a que tras muchos a&ntilde;os se hab&iacute;a decidido a comprarse una bicicleta, fue con toda la ilusi&oacute;n a la <br />tienda. La quer&iacute;a roja, iba a ser la primera que se compraba. Pero se dej&oacute; convencer por el vendedor que le ofreci&oacute; una de color lila de segunda mano que era de toda confianza y estaba impecable. <br />De segunda mano. Empez&oacute; a pensar que casi toda su vida era as&iacute;, que no hab&iacute;a estrenado nada de lo que ten&iacute;a. <br />A su marido lo conoci&oacute; en el trabajo, su mujer hab&iacute;a fallecido hac&iacute;a dos a&ntilde;os y al poco tiempo de empezar a salir con &eacute;l se dio cuenta de que se hab&iacute;a enamorado. Ten&iacute;a dos hijos pero a ella no le import&oacute; y pens&oacute; que podr&iacute;a gan&aacute;rselos. <br />Viv&iacute;a en la casa familiar que hab&iacute;an comprado con la primera esposa, con sus muebles y enseres, porque pensaron que era mejor para los ni&ntilde;os que el ambiente cambiase lo menos posible. <br />Al principio parec&iacute;a que todo marchaba bien, pero estaba resultando muy duro porque ellos no la terminaban de aceptar. Y ahora que estaban entrando en la adolescencia las discusiones eran continuas; ella intentaba educarlos como si fueran sus hijos y aunque nunca pretendi&oacute; sustituir a su madre, la rechazaban diciendo que no ten&iacute;a ninguna autoridad sobre ellos. Adem&aacute;s su marido nunca la apoyaba y siempre acababa quit&aacute;ndole la raz&oacute;n delante de ellos, y m&aacute;s permisivo, ced&iacute;a a sus caprichos por miedo a que dejasen de quererlo. <br />Se sent&iacute;a ahogada y sola. <br />Observ&oacute; el mar y respir&oacute; libertad. En ese momento se ape&oacute; de su vida y decidi&oacute; que iba a &ldquo;estrenar&rdquo; otra. Empezar&iacute;a por el principio. <br />Tom&oacute; carrerilla, cogi&oacute; la bicicleta y la tir&oacute; por el acantilado. Necesitaba una bici nueva de color rojo.</p>]]></description><pubDate>Sun, 24 Jun 2007 18:19:00 +0000</pubDate></item><item><title>EL VUELO DE ELO&#xCD;SA -Jos&#xE9; Manuel Gonz&#xE1;lez-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062413-el-vuelo-de-eloisa-jose-manuel-gonzalez-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062413-el-vuelo-de-eloisa-jose-manuel-gonzalez-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><br />Naci&oacute; muerta, los m&eacute;dicos hicieron lo imposible para reanimarla y consiguieron traerla a este mundo. &iexcl;En qu&eacute; mala hora! Estaba cian&oacute;tica, llena de moratones por las maniobras de la reanimaci&oacute;n, cubierta por completo por una capa de moco que le daba un aspecto de monstruo. <br />No llor&oacute;, entr&oacute; en la vida en silencio, como si supiera que no deb&iacute;a de haber nacido, como si estuviera en un mundo que no le correspond&iacute;a. A duras penas, los padres, se hicieron a la idea de sus limitaciones f&iacute;sicas. Parec&iacute;a un vegetal, un ser amorfo que depend&iacute;a de una m&aacute;quina para sobrevivir. Poco a poco, la fuerza interior de Elo&iacute;sa fue venciendo a la muerte y de la c&eacute;rea piel de cris&aacute;lida que la envolv&iacute;a surgi&oacute; una mariposa-ni&ntilde;a de belleza extraordinaria. <br />La piel trasl&uacute;cida, hendida de retorcidos caminos de venas lila, se le cay&oacute; como a las serpientes y, bajo ella, emergi&oacute; una espl&eacute;ndida epidermis rosada y sana, cubierta de una pelusilla dorada que a todos maravillaba. <br />Sus padres estaban felices. La desgracia inicial del traum&aacute;tico nacimiento se vio recompensada con el nuevo aspecto de su hija. La madre <br />paseaba, orgullosa, a Elo&iacute;sa por todo el pueblo. Los vecinos, no obstante, se apartaban inquietos cuando ellas pasaban. <br />Elo&iacute;sa crec&iacute;a y crec&iacute;a dentro de su carrito de paseo. Ve&iacute;a pasar los &aacute;rboles del parque y o&iacute;a como los p&aacute;jaros, hasta los jilgueros, enmudec&iacute;an al instante cuando sent&iacute;an su presencia. <br />Y empez&oacute; a andar y al tropezarse un d&iacute;a, con el perro seter de falsa porcelana china, descubri&oacute; que ten&iacute;a un bulto en la espalda. La protuberancia, palpitante y c&aacute;lida, le picaba cada vez m&aacute;s. Elo&iacute;sa lloraba, pero nadie la escuchaba. Su madre la ve&iacute;a abrir la boca angustiada, pero nada o&iacute;a. Su padre la mec&iacute;a con sus brazos lacios y a Elo&iacute;sa nadie la sent&iacute;a. <br />Un d&iacute;a, cuando m&aacute;s le picaba, se rasc&oacute; con sa&ntilde;a en la corteza de un roble. Se desgarr&oacute; la piel y surgieron las alas: unas alas et&eacute;reas, casi de hada, unas alas transparentes, sin peso ni forma. Y bati&oacute; las alas y, del mismo modo que hab&iacute;a empezado a andar, se elev&oacute; del suelo hasta la copa del &aacute;rbol. Desde all&iacute; contempl&oacute; su casa. Vio los tejados viejos, las antenas y la ropa tendida en los terrados. Vio a su madre llorando y a su padre mirando al cielo. Le gritaban que bajara, pero ella no hac&iacute;a nada. Cuando el sol se ocultaba, descendi&oacute; flotando hasta sus brazos y, por instinto, ocult&oacute; las alas. Elo&iacute;sa sonre&iacute;a, su madre la abrazaba y de pronto, una voz cantarina, como de cristal templado, sali&oacute; de sus labios antes callados. Su madre, extasiada, la llen&oacute; de besos y Elo&iacute;sa cantaba. Eran canciones tristes, con palabras extra&ntilde;as, pero Elo&iacute;sa cantaba. El padre acudi&oacute; corriendo, casi sin rozar el suelo, y cuando las vio abrazadas, se sum&oacute; al abrazo y contuvo el llanto. <br />A partir de ese d&iacute;a, a Elo&iacute;sa, los p&aacute;jaros la rodeaban. Los gorgogeos de los ruise&ntilde;ores, de las calandrias y las cardelinas se un&iacute;an en un coro animal en el que Elo&iacute;sa era la solista destacada. La voz de vidrio de Elo&iacute;sa se torn&oacute; de plata, con brillos, tintineos y olor a albahaca. Un sonido tenue, sin estridencias que llegaba al alma. La gente del pueblo se congregaba cerca de la casa, para o&iacute;r sus cantos, para convencerse por s&iacute; mismos de que la rara voz de la ni&ntilde;a no era un sue&ntilde;o. Pronto la noticia lleg&oacute; a la ciudad y enviaron un tropel de periodistas armados con preguntas y c&aacute;maras fotogr&aacute;ficas. <br />Hicieron fotos de todo: del jard&iacute;n marchito de la entrada, de las macetas de margaritas y la madreselva, de la verja rota que tanto chirriaba, del roble centenario que daba sombra a la casa y hasta del dichoso perro de porcelana. <br />Las preguntas ca&iacute;an sobre los padres de Elo&iacute;sa como el chaparr&oacute;n de una tormenta de verano y, de la misma manera que se ignora la lluvia que cala los huesos, ellos ignoraban a esos molestos fisgones y segu&iacute;an mirando con embeleso a su hija. Al poco tiempo, los de la capital se cansaron del silencio y regresaron a sus peri&oacute;dicos con las libretas llenas de especulaciones y opiniones disparatadas. <br />Un d&iacute;a de marzo, lleg&oacute; un buhonero al pueblo y pas&oacute; por la puerta de la casa de Elo&iacute;sa. Llevaba un furg&oacute;n cargado de baratijas y entre ellas una vieja bicicleta de color rojo &oacute;xido. Pap&aacute; la compr&oacute;, ajust&oacute; los ruedines, lij&oacute; la herrumbre y la pint&oacute; de verde. <br />Elo&iacute;sa estaba encantada con la bici. Al poco tiempo rodaba por toda la casa haciendo sonar el timbre de hojalata que mam&aacute; le hab&iacute;a com-<br />prado. Parec&iacute;a que, con la novedad del juguete, se le hab&iacute;an olvidado sus cantos de ninfa y hac&iacute;a tiempo que no se elevaba del suelo. Pero la naturaleza de Elo&iacute;sa era m&aacute;s fuerte que la fuerza de la gravedad y un d&iacute;a, mientras paseaba por el patio, las alas de mariposa batieron de nuevo sin ruido, elevando su cuerpo et&eacute;reo hasta perderse de vista, hasta confundirse con las nubes, hasta fundirse con los rayos de sol del atardecer. Los p&aacute;jaros la siguieron hasta detr&aacute;s del horizonte. Los padres de Elo&iacute;sa gritaron en vano y el viento de marzo les devolvi&oacute; sus lamentos, pero Elo&iacute;sa ya no era Elo&iacute;sa, y se perdi&oacute; en la nada. <br />Por eso, por la ma&ntilde;ana, el padre de Elo&iacute;sa, cogi&oacute; su furgoneta, carg&oacute; la bicicleta, condujo entre sollozos hasta el barranco angosto y la lanz&oacute; volando hacia el t&uacute;mulo del vertedero, pero, antes de llegar al suelo, un inmenso imago con cuerpo de lib&eacute;lula, emergi&oacute; rasante y, como ave rapaz, atrap&oacute; en vuelo la bicicleta verde con timbre de hojalata.</p>]]></description><pubDate>Sun, 24 Jun 2007 18:09:00 +0000</pubDate></item><item><title>BARRANCO ABAJO -Julia Gallego-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062412-barranco-abajo-julia-gallego-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062412-barranco-abajo-julia-gallego-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">-&iexcl;Me voy!- dijo una ma&ntilde;ana. <br />Y a la Goya le brillaban los ojos como si fuera a llorar. A la Goya, aquella ma&ntilde;ana, le pesaba la cabeza y notaba un sabor amargo en la boca. Sin ella darse cuenta aquel veneno le iba corroyendo el alma por dentro. <br />-Tal vez, es mejor as&iacute;- se dijo, mientras sal&iacute;a por la puerta, dando un fuerte portazo. <br />En la cocina, una pila de platos, vasos, cubiertos y restos de comida reseca, de la noche anterior, quedaron, sobre la mesa, en un abandono descuidado. <br />A&uacute;n no hab&iacute;a amanecido. La calle permanec&iacute;a solitaria. Sinti&oacute; fr&iacute;o. <br />&ldquo;No me har&aacute; esto. No permitir&eacute; que esa puerca se salga con la suya. Te lo juro, madre&rdquo;. <br />Aceler&oacute; el paso hasta el cruce con la carretera. Desde la ventana del bar Crespo, vecino a la tahona del t&iacute;o Tirra, Mat&iacute;as, &ldquo;el tuerto&rdquo; y la Quica, los due&ntilde;os, la vieron pasar. <br />-Apuesto que la Goya va en busca de lo que es suyo &ndash;dijo Mat&iacute;as a la Quica, bajito. <br />La Quica dej&oacute;, por un momento, de restregar el suelo, se sec&oacute; las manos en el delantal y exclam&oacute;: <br />-&iexcl;Y har&aacute; bien! &iexcl;Menuda la zorra esa, anda que&hellip;! &iexcl;De tal palo, tal astilla! <br />-&iexcl;Buena hembra, la Goya, eh!- volvi&oacute; a decir el Mat&iacute;as, con rostro malicioso. <br />-&iexcl;Mas respeto, esas cosas no se dicen a tu edad&hellip;! &ndash;dijo la Quica a punto de estallar. <br />-&iexcl;Qu&eacute; pasa contigo!- dijo- Si est&aacute;s buscando liarla, dilo. S&oacute;lo digo lo que siento: &iexcl;Que es una buena hembra la Goya, y punto! No creo haberle faltado al respeto por eso&hellip; <br />La Quica volvi&oacute; de nuevo a restregar, esta vez con m&aacute;s fuerza, el suelo, mientras observaba al Mat&iacute;as con el rabillo del ojo. Mientras lo hac&iacute;a, le vino a la mente el se&ntilde;or Juan, el padre de la Goya. &Eacute;l era el due&ntilde;o de las mejores fincas del pueblo y, all&iacute;, en su casa, conoci&oacute; a su Mat&iacute;as. Cuando su Mat&iacute;as entr&oacute; a trabajar como mulero, ella llevaba ya un par de a&ntilde;os como criada. Los mismos que llevaba la Santa que, bien mirado, de santa s&oacute;lo ten&iacute;a el nombre. Por aquel entonces, ya se la tiraba el se&ntilde;or, bueno, a la Santa se la tiraba m&aacute;s de uno y m&aacute;s de dos&hellip; le tiraban mucho los pantalones a la Santa; por eso le dur&oacute; tan poco el trabajo en la casa. Tambi&eacute;n al Mat&iacute;as lo encontr&eacute; untando de aquel plato, tambi&eacute;n&hellip; hasta que, un mal d&iacute;a, cegada por los celos, cargu&eacute; con la escopeta del se&ntilde;or y le quise pegar un par de perdigonazos en el culo, con tan mala punter&iacute;a que le entuert&eacute; el ojo. Pero, lo de ahora&hellip; se ve que la Santa se le ha vuelto vieja y que al se&ntilde;or Juan le gusta la carne m&aacute;s tierna, ya se sabe &ldquo;al burro viejo, forraje tierno&hellip;&rdquo; <br />En la bocacalle que se abr&iacute;a hacia la casa del pueblo, a lo lejos, vio como alguien le hac&iacute;a una se&ntilde;a, como saludando, y la Goya que ten&iacute;a la vista como un lince reconoci&oacute; a Francisco, el que fuera pastor de su padre. <br />A medida que &eacute;ste se alejaba, record&oacute; a la Goya cuando era peque&ntilde;a: &iquest;No se le meti&oacute; en la sesera aprender a orde&ntilde;ar las cabras? &iexcl;Mecaguen la zagala de dios&hellip;! &iexcl;Qu&eacute; lista era&hellip;! Y cu&aacute;nto ha llovido desde entonces&hellip; Pobre se&ntilde;ora, que joven se nos fue. &iexcl;Dios la tenga en su gloria! Y tan guapa&hellip; A guapa no la ganaba ninguna, a m&aacute;s que m&aacute;s, la Goya es la que m&aacute;s se le parece de las cuatro hijas que tuvo, aunque las otras no le andan a la zaga, no&hellip; <br />Poco despu&eacute;s de agitar varias veces la mano para saludar a Francisco, la Goya se detuvo en seco. De pronto y a unos quince metros escasos, y apoyada sobre una puerta falsa, divis&oacute; lo que hab&iacute;a venido a buscar. Algo que le pertenec&iacute;a s&oacute;lo a ella, algo que su madre le hab&iacute;a regalado el mismo d&iacute;a que cumpli&oacute; sus veinte a&ntilde;os, algo que nadie deb&iacute;a profanar. A la Goya, en aquel momento, le quemaba la sangre, y le dol&iacute;a su desesperanza. Repentinamente experiment&oacute; deseos de venganza. Estudi&oacute;, incluso, el procedimiento aunque, ese fuera como someterse a su propio suicidio. <br />Justo desde la ventana de enfrente, Flora, la hija de la Santa, la vio alejarse empujando la bicicleta y murmurando. <br />-&iexcl;Ande con ojo, se&ntilde;orita Goya! &iexcl;Ande con ojo&hellip;! Ma&ntilde;ana mismo, esa bicicleta, estar&aacute; de nuevo en mi puerta &ndash; mascull&oacute;, por lo bajo, y sonri&oacute; con su habitual mueca. Mientras, desde la cama, la voz apremiante del se&ntilde;or Juan demandaba lo que, desde hac&iacute;a alg&uacute;n tiempo, ella le daba a cambio de buenas pesetas. <br />La Goya avanzaba camino del monte. La ira y la impaciencia la llevaron a pedalear con mas fuerza su bicicleta que chirriaba a cada vuelta de las ruedas. Corr&iacute;a contra el viento, sumida en su rabia, y el aire penetraba en sus pulmones y se expand&iacute;a por todo su cuerpo. Una pareja de la guardia civil pas&oacute;, junto a ella, mir&aacute;ndola. La saludaron: &ldquo;Buenos d&iacute;as&rdquo;, le dijeron. Pero ella no contest&oacute;. Se acord&oacute; de lo que ten&iacute;a que hacer. Se hizo a un lado del camino y cort&oacute; por el cerro, hacia donde estaba saliendo el sol. Subi&oacute; y baj&oacute;, cruzando campos pedregosos. Cuando lleg&oacute; al borde del barranco era ya de d&iacute;a. Mir&oacute; a lo lejos el cementerio. Su madre estaba all&iacute;, descansando en su tumba. Ya sin ning&uacute;n despertar. Baj&oacute; de la bicicleta. Cerr&oacute; los ojos, y la dej&oacute; caer barranco abajo, rodando y rodando.</p>]]></description><pubDate>Sun, 24 Jun 2007 17:57:00 +0000</pubDate></item><item><title>TORTURAS Y OTRAS MALDADES -Marisa Fanlo-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062411-torturas-y-otras-maldades-marisa-fanlo-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062411-torturas-y-otras-maldades-marisa-fanlo-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Hace dos veranos mi novio, al ver que empezaba a notarse el cambio de trabajo en mi cuerpo -por supuesto para peor- me regal&oacute; una bicicleta. <br />Si os digo la verdad, me alegr&eacute; mucho, pero todos sab&iacute;amos que mi fuerza de voluntad brilla por su ausencia, sobre todo en lo que se refiere a realizar cualquier esfuerzo f&iacute;sico. <br />La verdad es que me gusta coger la bici y pasear por la arboleda, pero eso no implica que tenga que aguantar ning&uacute;n sufrimiento. No soy tan masoca, lo siento. <br />Y cuanto m&aacute;s me insisten en hacer algo, m&aacute;s claro tengo que no lo voy a hacer. <br />El otro d&iacute;a estaba yo en la fruter&iacute;a y entr&oacute; la hermana de una amiga m&iacute;a: &laquo;te has engordao&raquo;, me solt&oacute; as&iacute;, de repente, delante de las cinco o seis personas que hab&iacute;a all&iacute;. &laquo;Anda que no vas con retraso, si ya he adelgazao y todo&raquo;, le contest&eacute;. Evidentemente era mentira, pero me qued&eacute; m&aacute;s tranquila. <br />Al d&iacute;a siguiente me acerqu&eacute; a hablar con mi madre, que iba paseando por la plaza con sus amigas. Una de ellas, antes de darme tiempo a saludar, me dijo: &laquo;c&oacute;mo se nota la buena vida &iquest;eh? C&oacute;mo te est&aacute;s poniendo...&raquo; Yo salud&eacute; a todas y me puse a hablar con mi madre. Seguro que la borde esa dijo luego que hab&iacute;a sido una maleducada por no contestar a su amable comentario. <br />El viernes estaba en el trabajo y volvieron a proponer lo de apuntarse al gimnasio. &laquo;Yo paso&raquo;, les dije. Y ah&iacute; estaba el t&iacute;pico compa&ntilde;ero ocurrente: &laquo;pues falta te hace, je, je&raquo;. Por supuesto, yo le llam&eacute; calvo y hortera. Qu&eacute; me iba a quedar callada, lo ten&iacute;a claro. <br />Ese mismo d&iacute;a por la noche nos fuimos a cenar con unos amigos. Hab&iacute;an sacado ya un par de platos y yo apenas hab&iacute;a probado nada. En <br />cuanto acerqu&eacute; mi tenedor a un calamar escuch&eacute;: &laquo;cari&ntilde;o, comes mucho&raquo;. Y a&ntilde;adi&oacute;: &laquo;qu&eacute; rica gana tiene mi chica&raquo;. Cog&iacute; la copa de vino y me la beb&iacute; de un trago. Y entonces s&iacute; que empec&eacute; a cenar. <br />Ayer fue mi cumplea&ntilde;os. 32. Empec&eacute; bien la ma&ntilde;ana. Mensajes de m&oacute;vil, llamadas de tel&eacute;fono y hasta alg&uacute;n regalillo sorpresa de los del trabajo. Me sent&iacute;a bien, vamos. Y, adem&aacute;s, siempre hay gente tan cumplida que te suelta eso de que no aparentas los a&ntilde;os que tienes, etc&eacute;tera, etc&eacute;tera. Cuando llegu&eacute; a casa del trabajo y abr&iacute; la puerta, enseguida vi su chaqueta en la silla. O&iacute; ruidos en el cuarto del fondo. Fui hacia all&iacute; y me asom&eacute;. &iexcl;Dios, una bicicleta est&aacute;tica! <br />Tengo que reconocer que en un principio volv&iacute; a alegrarme como cuando me regal&oacute; la otra, pero &iquest;esto no puede considerarse ya un insulto? <br />Hoy iba yo por la orilla del r&iacute;o. Al llegar al puente he bajado de mi bicicleta. Las piernas se me doblaban y todo, despu&eacute;s de ocho kil&oacute;metros. He mirado a todos los lados por si hab&iacute;a alguien, pero la decisi&oacute;n estaba tomada: la he tirado al r&iacute;o. Y si hubiera tenido all&iacute; la otra, tambi&eacute;n habr&iacute;a ca&iacute;do. Estoy en contra de la tortura.</p>]]></description><pubDate>Sun, 24 Jun 2007 17:41:00 +0000</pubDate></item><item><title>ESPEJITO, ESPEJITO -Ana Mar&#xED;a Roca&#xF1;&#xED;n-</title><link>https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062410-espejito-espejito-ana-maria-rocanin-.php</link><guid isPermaLink="true">https://literaturaenpina.blogia.com/2007/062410-espejito-espejito-ana-maria-rocanin-.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">&iexcl;Ay, espejito, espejito, mi&eacute;nteme un poquito! Hoy me he encontrado a Maruchi y Fefa y estaban imponentes, aparentaban diez a&ntilde;os menos. Claro que una buena peluquer&iacute;a y una ropa a la &uacute;ltima, aunque digan que no, s&iacute; que hace al monje. <br />Pero vamos, siempre fueron as&iacute;, pendientes de su aspecto, con la ceja impecable dale que te pego a la pinza; no gastando en bocadillos para ahorrar michelines y m&aacute;s pendientes de la moda que de ecuaciones y adverbios. <br />Sus esfuerzos han sido recompensados con un marido bien dotado de billetes que las coloc&oacute; en el mundo del &ldquo;glamour&rdquo;, en el que tienes clase si tienes un aspecto &ldquo;fashion&rdquo; y estas al d&iacute;a en las &uacute;ltimas tendencias de moda y decoraci&oacute;n. Esto te permitir&aacute; compartir almuerzos con platos &ldquo;de dise&ntilde;o&rdquo; (en los que cuesta m&aacute;s decir su nombre que consumir la escasa vianda, despu&eacute;s de retirar el adorno) y pasar buenos ratos culturiz&aacute;ndote en las mejores tiendas donde cuanto m&aacute;s te cobran m&aacute;s buena es. <br />Iban a recoger a sus ni&ntilde;os (un &uacute;nico hijo cada una por supuesto, que el embarazo te deforma y las tetas se te caen de dar el pecho), a una de esas academias donde te los entretienen con todo tipo de actividades y se supone que te los devuelven muy educaditos; cosa que tampoco pueden comprobar por el escaso tiempo que pasan con ellos. <br />Y a ti te miran de la cabeza a los pies con una expresi&oacute;n de pena y cuando te despides intuyes los comentarios a tu espalda... &ldquo;&iquest;Te has fi-<br />jado? Ese vaquero por lo menos tendr&aacute; dos a&ntilde;os, ese estilo ya no se lleva. Si es que nunca tuvo visi&oacute;n de futuro. Mira que casarse con el primer hombre del que se enamor&oacute;... Claro, ahora le toca trabajar. &iquest;Ves, Fefita, como fue m&aacute;s inteligente dejar colgada la carrera que acabarla como se empe&ntilde;&oacute; esta pobre por vocaci&oacute;n?&rdquo;. <br />Y yo me he ido con paso acelerado, sintiendo que me sal&iacute;a fuego de las mejillas mientras pensaba en que al llegar a casa tendr&iacute;a que poner la lavadora, preparar la cena, ayudar a mis hijos a hacer los deberes, jugar un rato con ellos, prepararme las clases del d&iacute;a siguiente... &iquest;Y cu&aacute;ndo encuentro yo un hueco para la pinza? <br />&iquest;Sabes, espejito?, &iexcl;pues no me veo tan mal! S&oacute;lo de pensar mis pobres amigas lo que sufrir&aacute;n intentando guardar el tipo para no ganar en la competici&oacute;n de la talla. Siempre con la obligaci&oacute;n de seguir los convencionalismos para no perder su estatus y conservar unas apariencias que las coartan porque de un modo u otro les han sido impuestas y no escogidas. <br />Mucha es la pena que me dan por no querer reconocer que frente a eso existe la libertad de elegir un trabajo en el que te encuentras a gusto, de disfrutar de unos hijos que crecen m&aacute;s r&aacute;pido de lo que tu deseas, de vivir con tu marido por amor, aunque no sea Georges Clooney o Rockefeller (mejorando lo presente), de ponerte unos vaqueros pasados de moda o de una marca an&oacute;nima porque con ellos te sientes &ldquo;supermegac&oacute;moda&rdquo; y de usar una talla &ldquo;taytantos&rdquo; (que ya empezaremos el r&eacute;gimen alg&uacute;n lunes). <br />As&iacute; que... O sea... &iexcl;Que le den a la pinza! <br />Espejito, espejito, &iquest;qui&eacute;n es la m&aacute;s feliz del reino?</p>]]></description><pubDate>Sun, 24 Jun 2007 17:34:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
