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Literatura en Pina

NUESTRA PRIMERA PROFESORA DEL TALLER: ÁNGELA LABORDETA

NUESTRA PRIMERA PROFESORA DEL TALLER: ÁNGELA LABORDETA

Ángela Labordeta nace en Teruel en 1967. Licenciada en Filología hispánica por la Universidad de Zaragoza y máster de periodismo con El País y la Universidad Autónoma de Madrid. Publica su primera novela en 1995: Así Terminan los Cuentos de Hadas. En 1997 publica Rapitán y en el 2000 Bombones de Licor. En 2001 edita el libro de cuentos El novio de mi madre, que ha sido recientemente traducido al inglés. Publica cuentos en libros colectivos como Relatos para un fin de milenio o Mujeres de sol a sol y colabora en diferentes medios de comunicación. En la actualidad tiene pendiente de publicación una nueva novela.

"Lo que más me gusta de llegar a un sitio es respirarlo. Era primavera, casi verano, y en el aire de Pina de Ebro cabalgaba su aroma. Yo llevaba un vestido blanco, sin mangas. No recuerdo nombres de aquel primer encuentro, sí rostros, y sobre todo la manera en que aquellos desconocidos se entregaron al dibujo, mediante sus palabras, de un cuadro que parecía un trozo roto de una peli de Tavernier: entre la soledad de una colcha y una cama deshecha.
Los encuentros se repitieron. Ellos querían aprender a escribir y yo debería enseñarles. No sé si aprendieron y ni siquiera sé si yo era la persona indicada para enseñarles. Pero lo que sí sé es que comprendieron que escribir es jugar no sólo con las palabras, también con lo que fuimos, somos, seremos y sobre todo con lo que nunca fuimos pero hubiéramos deseado ser. Escribir es bajar al infierno y acariciar el cielo, es viajar y no detenerse.
Gracias a todos por los momentos."

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NUESTRO SEGUNDO PROFESOR: ISMAEL GRASA

NUESTRO SEGUNDO PROFESOR: ISMAEL GRASA

   Ismael Grasa (Huesca, 1968) ha publicado las novelas De Madrid al cielo (finalista del Premio Herralde de Novela y ganadora del Premio Tigre Juan), Días en China y La Tercera Guerra Mundial. Es autor del libro de viajes Sicilia y de los libros de poemas y relatos Nueva California y Trescientos días de sol. Es profesor de bachillerato de la asignatura de Filosofía y colabora con diferentes periódicos y revistas, como Heraldo de Aragón, El País o Letras Libres.

Alguien que escribe

"El escritor es alguien que escribe. Esto parece una verdad de Perogrullo, pero lo cierto es que la mayor parte de los que pasan su vida sintiéndose escritores no llegan nunca a escribir. Escribir es algo que normalmente se hace sentado, con un ordenador o un bolígrafo o una pluma. Escribir es algo que tiene que ver con la columna vertebral, con el cojín de la silla, con la postura. Es algo que cansa, una actividad. Es algo que alguien hace antes de comer, en una habitación; o después de comer, mientras otros hacen otras cosas. A uno le pueden preguntar entonces: “¿Qué estás haciendo?”. Y uno responde: “Escribir”.
Otra cosa que repito cuando he dado algún taller es que normalmente las personas no tienen tiempo para escribir. Realmente, tampoco para leer. El que dice que no tiene tiempo para leer es que no es lector. Y lo mismo con la escritura. El tiempo de la escritura es un tiempo en el que uno ha decidido dejar de hacer otra cosa o de estar con otras personas. Es el resultado de una elección.
Durante varias semanas nos hemos juntado un grupo de personas en Pina de Ebro para llevar a cabo un taller de escritura. Hemos hecho diferentes ejercicios en los que cada uno ha tratado de dar lo mejor de sí. Hemos leído textos en voz alta para que los demás los valorasen: ¿contiene algo de emoción verdadera ese texto?, ¿es innecesario?, ¿hace mejor el mundo? Es verdad que también parábamos a merendar y a charlar. Pero si alguien hubiese entrado en la sala cuando permanecíamos callados con nuestros cuadernos, mientras hacíamos alguno de los ejercicios, y hubiese preguntado “¿Qué hacéis?”, hubiésemos podido responder que escribíamos."

NUESTRA PRIMERA PROFESORA DE POESÍA: MIRIAM REYES

NUESTRA PRIMERA PROFESORA DE POESÍA: MIRIAM REYES

Miriam Reyes, Orense 29/12/74.
Nací en Orense, pero desde los ocho años me crié en Caracas. Allí estudié Letras, en la Universidad Central de Venezuela. Mis poemas fueron publicados por primera vez en la antología Feroces (DVD, 1998). Después publiqué Espejo Negro (DVD, 2001) y Bella Durmiente (Hiperión, 2004), este último finalista del XIX Premio de Poesía Hiperión. Ambos libros han sido traducidos al italiano y al portugués, respectivamente. Desde el año 2000 trabajo con la imagen vinculada a la poesía, tanto en formatos multimedia como en video recitales.

«Fui a Pina por primera vez invitada por Marisa, para hacer una lectura en la Escuela de adultos. Allí empezó todo. Me quedé tan fascinada por sus intuiciones y preguntas que, cuando Marisa me ofreció dar un taller de poesía en Pina, a más de 300 km de mi casa, no lo pensé dos veces.
La gente que encontré allí no dejó de sorprenderme desde el primer hasta el último día. Y bien vale la sorpresa el viaje. Viven la poesía, la necesitan como la necesito yo. La viven con hambre, con los sentidos abiertos. Se escuchan, se respetan, crecen juntos. Cada uno tiene una voz propia y, con ella, nos descubre un mundo. Nadie imita a nadie. Y todos están dispuestos y ansiosos de asomarse a otros mundos.
El trabajo de taller fue muy sencillo con ellos. Apenas enseñar a deshacerse de las palabras que no necesitamos, de las que tapan lo que queremos mostrar; e instarles a escucharse, para que su ritmo interno marcara el ritmo del poema. Todo lo demás ya lo tenían y sin duda fue mucho más lo que ellos me enseñaron que lo que yo pude enseñarles.
Esta selección es una pequeña ventana que han abierto para nosotros.
Yo sólo quiero darles las gracias y pedirles, que no dejen de leerse».

VIAJE DE EMPRESA -Arrate Gallego-

Laura se siente una mujer liberal mientras conduce su coche, en mitad de la noche, para asistir a unas conferencias sobre mejoras laborales que organiza su empresa. Sabe que Pedro asistirá, y aunque le han llegado rumores de que se casará dentro de poco, no piensa desaprovechar la ocasión de pasar una noche loca con él, al igual que en años anteriores.
Cuando lleva cuatro horas de viaje, observa cómo sube peligrosamente la temperatura del motor y se alarma. No entiende de mecánica, está sola, de noche y en mitad de la nada. Aparca el coche en el arcén y llama al seguro. Una voz amable le comunica que en veinte minutos la grúa se acercará hasta dónde se encuentra para ayudarla. Pasados treinta minutos aparece la grúa, soñoliento el conductor le aconseja dejar el coche en el taller mecánico más próximo, casualmente enfrente hay una pensión, donde ella puede pasar la noche.
Cansada coge su maleta de viaje y se registra. Es un edificio viejo y la habitación resulta deprimente. Eso no era lo que había planeado para pasárselo bien. Sacó su picardías de la maleta y se lo puso, se sentía ridícula: no había metido en su maleta otra prenda adecuada para dormir. Decidió mantener alto su ánimo, mientras cogía su neceser para ir al baño a desmaquillarse. La pobre luz del espejo iluminaba su cara mientras el algodón refrescaba su piel. Se miró con detenimiento, y por un momento se vio a si misma: sin máscara, con arrugas, en una pensión barata y con lencería cara. Podría haberse reído, pero se echó a llorar. Lloró porque sintió vergüenza de sí misma, de lo que estaba haciendo, por haber perdido su dignidad…
Cuando se hubo calmado se sentó en la cama, cogió el teléfono y llamó a su marido.
– Cariño, el coche se ha estropeado, ¿puedes venir a buscarme?

POR AMOR AL ARTE -José Manuel González-

Señor Juez:
Esta carta no es una confesión, es una declaración de principios. No me arrepiento de nada, sé que pasarán muchos años hasta que mis actos sean comprendidos y aceptados.
Al primero le asesté un martillazo en el cráneo. Elegí el martillo por puro azar, luego me di cuenta que nada es casual: el martillo es la prolongación de la mano, el brazo ejecutor que convierte en golpes los deseos oscuros de la mente.
Varios fragmentos de occipital volaron, juguetones, por toda la estancia. Sangre, masa encefálica, hueso y cuero cabelludo, compusieron una consistente lluvia orgánica que estucó la tela y se proyectó en mi cara.
¡Cómo me gusta el sabor a vida que se escapa! ¡Cuánto disfruto observando el hálito estertóreo del último aliento!
Dirá que soy un sátiro, pero en estos días que nos toca vivir, es necesario tener una válvula de escape que disipe el estrés que a todos nos embarga. Pues a mí, el romper cabezas es lo que me relaja. Desarrolla la coordinación motora, mejora bíceps, tríceps y deltoides, todo son ventajas. Sin embargo, cualquiera no puede hacerlo, hay que tener una mínima predisposición para la maniobra. No me gusta ser presuntuoso, pero yo soy uno de los mejores.
A otros les gusta utilizar aparatos específicos. Yo soy más heterodoxo, suelo utilizar objetos cotidianos para experimentar, con ciertas pretensiones científicas, el distinto comportamiento de los cuerpos según la herramienta que interviene. Un atizador, un cenicero de bronce, una azada, una figurita de la Venus de Milo todo sirve para mis fines y nada desdeño. Pero la primera vez, elegí el martillo, uno de esos de encofrador, no muy grande, equilibrado, con mango de plástico y cabeza de acero pintada de negro. El resultado fue el deseado, dibujó en la tela una composición perfecta. La mancha, caprichosa, compuso una estrella dentada adosada a una nube de puntos rojos con cabellos. Los trocitos de hueso, incrustados por todo, daban al conjunto una inquietante textura.
Cubrí todo con mi barniz especial: una mezcla de clara de huevo, cola de carpintero y esencia de trementina. ¡Es maravilloso lo que consigue mi fórmula! No espere que le dé las proporciones exactas, eso me lo reservo y vendrá conmigo a la tumba.
En esa ocasión, además, rocié mi obra con insecticida para evitar las moscas (a veces sus excrementos, e incluso sus larvas, me han servido en otras composiciones) y añadí un aerosol desodorante para darle un aroma floral. Mis trabajos han de ser un conjunto de sensaciones y no sólo visuales, quiero que intervengan los cinco sentidos, que quien los contemple interactúe con ellos y sienta la magia que desprende la miscelánea que les brindo para su disfrute.
Me deshice del cuerpo de la forma habitual: enterrado, en mi finca de la sierra, junto a los cipreses que cada vez están más vigorosos gracias, sin duda, a la importante aportación de materia orgánica que, regularmente, les brindo.
No suelo dejar nada para distinguirlos, pero esa vez, al ser la primera, compuse un túmulo de piedras redondas con forma de pirámide. Estaba particularmente contento con el resultado y quería, de algún modo, guardar un recuerdo claro y agradecido de quien había cedido la materia principal de la composición.
Cuando expuse todo fueron aclamaciones. La crítica me proclamó como “el nuevo Antoni Tapiès”, el revolucionario de las texturas y el colatge, el artista que, con este trabajo, había culminado la cúspide de su carrera. Luego vino lo del listillo del ADN: un policía de pacotilla, con conocimientos de anatomía, que creyó distinguir en mis cuadros restos humano. Inició una investigación que confirmó sus sospechas.
Fui interrogado y encarcelado ante el estupor del público, pero no contaban con mi abogado. Se entabló una lucha legal sin precedentes en España. Todos me daban por condenado hasta que tuve que sacarme un as de la manga: la declaración jurada que conservaba de cada una de mis víctimas prestándose, voluntariamente, a ser mi modelo, mi pintura, mis pinceles y hasta mi propia obra.
Los grupos pro-vida se erigieron como acusación particular. Los partidarios de la eutanasia se alinearon a mi favor esgrimiendo, como argumento, la libertad que debería tener todo el mundo para morir como quiera. Yo seguía mi vida, ajeno a lo que me rodeaba, pero con la firme convicción de que había revolucionado el mundo del arte. Gracias a la habilidad de mi abogado y a sus argucias de leguleyo fui exonerado de todos los cargos y me convertí en una celebridad. Para muchos representaba la vanguardia del arte. Para otros no era más que un asesino suelto al que había que eliminar.
Luego compré la prensa hidráulica, una vieja máquina que me costó cuatro perras y que fue dando forma material a lo que será mi última obra.
Naturalmente, no he dejado nada al azar. He probado en varias ocasiones el artefacto, pero lamentablemente, la notoriedad que me ha brindado la prensa ha mermado el número de voluntarios y he tenido que prescindir de su participación. Poco a poco, he ido depurando la técnica, la fuerza necesaria, la distancia entre el lienzo y los cráneos. Por eso, ahora, le envío esta carta con la dirección exacta de donde me encuentro. Cuando la reciba y me encuentren, espero que todo el mundo sepa apreciar mi cuadro; lleva por título: “Autorretrato”.

VIENTO RACHEADO -José Manuel González-

Llegó el verano fiel a su cita de calor y moscas, envolviendo, en tórrido abrazo, la vida apacible, predecible y monótona de mi pueblo. El aire olía a sudor y a siesta, pero a los niños que poblábamos las calles buscando la sombra, sólo nos interesaban los últimos juegos de temporada: los pitos (las canicas que diría un cursi), los platillos (las chapas que diría otro cursi primo del anterior) y sobre todo nos gustaba jugar a “vacas”.
Mientras el más pringado se transfiguraba en el animal, el resto de la chiquillería corríamos delante haciendo recortes, cintas y otros lances. En las polvorientas calles, a las que no había llegado el alumbrado público, pasaban las horas en divertidos encierros. Los niños íbamos alternando los papeles, ahora torero, ahora vaca, a medida que éramos empitonados por los incisivos palos que llevábamos simulando cuernos.
Todos teníamos un torero como ídolo: unos “El cordobés”, otros “El Viti”; yo, por mi parte, prefería a “Palomo Linares” con el que, aseguraba mi padre engañándome como el niño que era, me unía un lejano parentesco.
-Yo soy Palomo Linares, que para eso es mi primo –decía a todo el que quería oírme, mientras driblaba a cuerpo limpio los embates del falso toro.
Uno de los momentos más celebrados surgió gracias a la cabeza disecada de un “Santa Coloma”que alguien consiguió. Ahora todos queríamos ser el toro; enfundados con el descomunal trofeo, corríamos a ciegas por la falta de agujeros para los ojos. Sin embargo, la recompensa a tan inhumano esfuerzo, llegaba cuando el asta, brillante por el barniz, tocaba el trasero o la espalda de uno de los toreros. Las carcajadas crueles de los que se encontraban a salvo, se unían a los gritos de la madre del herido que temía más por la integridad de los pantalones que por las lesiones sufridas. Luego, pasaba la tarde y, ante la carencia de iluminación artificial en las calles, nos recogíamos en la capilla protectora de nuestras casas esperando, ansiosos, que el nuevo día trajera a nuestras vidas, renovadas aventuras de tardes taurinas.
Con los primeros días de agosto comenzaba el montaje de los corrales para las vaquillas. Frente al casino, en la zona más ancha de la plaza, donde el perímetro del murillo que protegía, paternalmente, el Quiosco de la Música lo permitía, iba creciendo una empalizada que se elevaba a la altura de un hombre, formando el futuro coso taurino. Luego, se extendía una capa de arena a modo de albero para permitir las carreras de las vacas y de los mozos que las lidiaban. En un extremo del polígono de madera, se colocaba una puerta, comunicando con los corrales que albergaban, durante todas las fiestas, a los astados. Las vallas de los chiqueros se cubrían de cañizos, para que los animales estuviesen tranquilos, aislados y ajenos a la curiosidad morbosa de la chiquillería. Cuando terminaba el montaje del vallado, se añadían carros, simulacro de gradas, rodeando la estructura: uno para el Ayuntamiento, la Reina de las fiestas y sus Damas, otro para la banda y, el resto, para las peñas y el público.
Faltaba una semana para el día de la Presentación, antesala del comienzo de los festejos. Todos los chicos, ávidos de emociones y sobrados de energía, teníamos un verdadero ruedo donde practicar nuestras habilidades del noble arte de la tauromaquia. Había de todo: vacas, mansos, pastores, alguacil y, sobre todo, una masa pululante de toreros fingidos.
Y comenzaba el juego. El alguacil lanzaba los tres imaginarios cohetes que anunciaban el principio del espectáculo. Salía el primer niño, corriendo como un poseso, con la bravura ciega de una larga espera. Todos le gritábamos, citándolo desde lejos y, cuando se nos acercaba, corríamos hacia la protectora valla subiendo de un salto los dos primeros peldaños. El “niño-vaca”, exhausto al cabo de un rato, paraba su loca carrera y, arrastrando sus pies sobre la arena, escarbaba, con gesto muy bovino, acompañando la maniobra con sonoros mugidos y entrecortados jadeos. Luego, cuando les parecía a los pastores, sacaban al “manso” que no era otro que el afortunado niño propietario de un cencerro. El cansado aprendiz de vaquilla le seguía dócil, casi alegre, hasta el descanso de los corrales.
Y así, juego tras juego, pasaban los días previos a las fiestas. La chiquillería reunida en la plaza nos retirábamos con los últimos rayos crepusculares. Agrupados por barrios, regresábamos a casa comentando, entre risas y gritos, las incidencias del simulacro de la “Fiesta Nacional”, hasta que el voluble interés de nuestras mentes se veía sustituido por el montaje de la pista de los autos de choque.
La llegada de los autos de choque era uno de los acontecimientos más esperados de las fiestas. Los camiones, cargados de los elípticos vehículos, llegaban puntuales a su cita anual, trayendo consigo un tropel de operarios bronceados, con los brazos tiznados de grasa negra y tatuajes carcelarios.
-¡Cuidado con esos que son “quinquis”! –me advertía mi tío gran conocedor del mundo de los feriantes. Pero nosotros, inmunes a las advertencias, pronto nos mezclábamos con ellos con la esperanza de conseguir fichas gratis para montar en los “coches eléctricos”.
Terminado el montaje, la plaza se llenaba de los hipnóticos sonidos de las últimas novedades discográficas, en las que nunca faltaba el último “exitazo” de Peret, Karina, Fórmula Quinta o Massiel. Era el verdadero principio de las fiestas. La atmósfera plomífera de agosto, el calor pastoso y la sed eterna de la diversión etílica, componían el escenario idóneo para liberar la reprimida energía de todo un pueblo. Sólo la apabullante actividad de los coches de choque, con sus sirenas, con sus chisporroteantes pértigas eléctricas y su descomunal alarde de vatios de sonido, nos permitía olvidar, momentáneamente, la verdadera esencia de las fiestas: las vaquillas.
El día de la Virgen salíamos, incómodos, mudados con nuestras mejores galas: zapatos de charol, calcetines de perlé, pantalones nuevos y el “niki” de las fiestas. Al día siguiente, pasados los fastos religiosos del Santo Patrón San Roque, nuestra indumentaria, ya no tan inmaculada, era sustituida por ropa de diario, más cómoda para tirar petardos, correr por el polvo y ver el castillo de fuegos artificiales de la noche.
Y en ese año, transcurridas ya las dos primeras jornadas, llegó mi gran día. Todo estaba preparado, aunque nadie sospechaba nada. Mi tío, que siempre me empujaba a hacer las mayores heroicidades, había dispuesto todo sin que ni mi abuelo ni mis padres supieran nada. Salió el becerro: negro zaino, bragado y algo calzón. La plaza se llenó de niños asidos a las vallas y yo, sin saber cómo ni por qué, me encontré en medio de todo con la capa, de inevitable color rojo, fabricada con un saco de abono “Fertiberia”. Mi padre, cerca de mí, algo asustado pero orgulloso, vigilaba al astado. Miré al animal a los ojos, y de pronto todo lo que no era toro desapareció de mi vista. El novillo envistió alegre, casi jugando, hacia ese mequetrefe enclenque que le citaba desde el centro del ruedo. Y comencé a torear. Poseído, a mis ocho años, por un hambre de gloria que ni “el Cosío” podía enseñar, empecé la brega con el capote de plástico, cegado por
los aplausos y el estupor del sorprendido público.
-¡El pase de pecho!-gritaban desde las gradas. Mi madre aplaudía a rabiar hasta que alguien le dijo que, aquel escuálido torerillo, era su hijo y la alegría del espectáculo se tornó en inquietud, temiendo ver a su primogénito herido. Me alcanzaron una espada de juguete, de esas que vendía mi tío en el Quiosco, con su empuñadura engalanada de un perfecto rubí de plástico, “la auténtica espada de Ricardo Corazón de León” como rezaba en la envoltura.
El bullicio de la plaza se ahogó de silencio, tanto que hasta el asustado animal se paró en seco, frente a mí, con sus ojillos bovinos nublados por el polvo, con el hocico seco por la loca carrera y las manos lastimadas por la hiriente arena. Y, sin saber cómo, ejecuté el volapié. El estoque fingido resbaló por el lomo y noté, en el puño, la húmeda piel de mi enemigo. Uno de los incipientes cuernos me rozó el costado, pero los vítores del público cubrieron mi miedo.
Luego, todo el mundo por la calle me llamaba “el torero”, despertando la timidez que me hacía encender de rubor mejillas y orejas. Al principio me sentía el centro del mundo, pero pronto me agobió la insistencia de la gente y hasta me daba vergüenza salir a la plaza, por eso me alegré de que, al poco tiempo, nadie recordara mi éxito.
Pero no todos olvidaban, mi tío, autoproclamado apoderado, seguía planificando mi carrera taurina. Ya le había fallado lo del fútbol, y eso que pasábamos tardes enteras practicando en la plaza con el equipamiento del Real Madrid que me había comprado, intentando, por todos los medios, convertirme en jugador zurdo como su idolatrado “Gento”.
-Tienes que ser zurdo –me repetía mientras me molía a lanzamientos con sus poderosos brazos. Sin embargo, los desvelos de mi entrenador dieron como resultado una evidente dislexia y, en lugar de convertirme en un habilidoso extremo ambidiestro, llegué a ser un auténtico y torpe ambizurdo.
Por eso, decidido a hacer de mí un ídolo de masas y con la evidencia del éxito de mi debut, fabricó una muleta con un trozo de capote que un maletilla había abandonado el año anterior. Con la habilidad del que trabaja con las manos (había sido zapatero, alpargatero y zurcidor de balones para “Adidas”) de un trozo de tela rosa forjó la herramienta que debería catapultarme hacia la fama.
Así, entre secretos preparativos, pasó un año y llegaron de nuevo las fiestas y, como todo el mundo esperaba, –quizás todos menos yo- el día de la confirmación de mi alternativa. Desfilé ungido con el capote “de verdad”, con la responsabilidad del veterano, con el miedo del que sabe lo que le espera, con una camisa ceñida imitación seda que me haría invulnerable a las cornadas y, sobre todo, con la determinación ciega del que sabe que no puede echarse atrás. Salió el novillo limpiando de niños la plaza. Corriendo como un poseso por la libertad recobrada, bramaba rabioso topando con las vallas. Yo lo veía como un Miura cinqueño propio de la Maestranza de Sevilla. Los diez centímetros de asta, para mí, eran más de cincuenta y para colmo era colorado que, como todos los niños sabíamos, son los más fieros.
Colorado, ojo de perdiz, bocilavado, meano, listón, cornigacho y mogón, corrió hacia mí en brava embestida. Lo recibí con la derecha, dos pases en redondo y un ayudado por alto, pero cuando los vítores del respetable ensordecían mi ánimo, vino el fatídico viento, ese puñetero bochorno de agosto, racheado, cálido como el aliento de un dragón, lleno de tierra y angustia. La sutil protección de la capa se convirtió en embozo, cubriéndome la cabeza y nublando mi vista. El animal, despejado del muro de tela que me parapetaba, encontró de lleno mis sufridas carnes. Me vi arrastrado, con la cabeza aún cubierta por la franela, por el rugoso suelo de gravilla y arena. Sufrí los rabiosas acometidas del bravo ejemplar que llenó mis ropas de baba y descarnó, por el arrastre, mis piernas y codos.
Fui liberado de la furia animal, magullado en cuerpo y alma, con la vergüenza del vencido, con la humillación del fracaso. En casa de mis abuelos me hicieron la primera cura. Una vez limpias y cubiertas de vendas las heridas, mi abuelo prometió que no dejaría a nadie que me embaucara en asuntos taurinos. Yo, aliviado en parte, cojeaba por la casa esperando que el dolor pasara. Nadie creyó mi versión del revolcón, parecía que, entre la batahola de gritos y “uiis”, la ráfaga de viento que oscureció mi gloria había pasado desapercibida. Yo repetía a mi tío la excusa del accidente, pero no me escuchaba, hasta que un día mi padre llegó con las reveladoras instantáneas del fotógrafo que venía todos los años por las fiestas, ese que nos retrató a mis hermanos y a mí subidos en un carrito tirado por un burro de fieltro. No sé quien estaba más feliz, mi padre o yo.
En las fotos, se veía claramente que el capote me cubría el rostro, que el viento traidor, con su ardiente bofetada, había dejado libre el terreno para humillar mi gloria. Pueden decir de mí que soy un cobarde, pero ese temprano contratiempo me retiró de los ruedos y –¡lo que es la fama!– nadie recordó mi efímero triunfo.
Con los años me hice veterinario, parece que me dije:
¡Si no puedes matarlos prueba a curarlos!

QUERIDO AMOR -Julia Gallego-

Veintitrés de Abril
Me llamo Adriana y tengo diecisiete años. Tía Marisa, es la hermana mayor de mi madre. Cuando era joven, quiso ser escritora. Ese era su
sueño. En la actualidad ese sueño solo es un vago recuerdo. Hoy, festividad de San Jorge, sobre las cinco de la tarde, he llegado a Zaragoza y he tomado posesión de su casa en un intento de sacar adelante mi próximo examen de selectividad. Nada mas llegar, tía Marisa, después de darme un largo abrazo y soltar un par de lágrimas, me dice:
-Adriana, lo siento, tengo que dejarte, me voy de viaje. No quiero llegar demasiado tarde a Madrid.
Antes de marcharse me comenta que quizá no regrese hasta dentro de cuatro o cinco días.
-Depende- dice finalmente.
-¡No te preocupes, tía, no voy a morirme por eso!
De tía Marisa puede decirse eso de: “ni soltera ni casada ni separada ni viuda”, desde que tío Pedro, su marido, decidió hacer un largo y exótico viaje de negocios. Mamá, dice que “tío Pedro es un sinvergüenza y un cabrón, como muchos otros, y que el único negocio que a él siempre le interesó fue el sexo”.
Desde luego, en eso, mamá tiene razón. Yo, visto lo visto, no pienso casarme nunca. Como dice mi profesora de lengua: “todos los hombres son una puta mierda”. Así que, mas adelante, cuando quiera echar un polvo voy a ligarme al mejor tío que encuentre y después, “si te he visto no me acuerdo”.
La casa de tía Marisa, un doble ático en el barrio de Santa Isabel, me gusta. El salón, tiene unos relucientes suelos de parqué, unas paredes delicadamente estarcidas, con una lámpara de cristal y metal dorado. La cocina, es amplia y funcional. Una escalera con una adornada balaustrada de madera de roble conduce al piso superior. El dormitorio principal, el de tía Marisa, es una habitación espaciosa. Los muebles de oscura madera de teka resaltan sobre la blanca alfombra de nudo. La siguiente habitación, la de primo Roberto, es la que está en la siguiente puerta de la izquierda. Todo en la casa es perfecto. Me encanta.

Veinticuatro de Abril
El teléfono suena.
-¿Sí…?
-No, no está. Le diré que ha telefoneado usted. Buenas noches.
El teléfono sonó a las nueve menos cuarto. Estaba tumbada en la cama con unos cuentos y relatos de tía Marisa, a mi lado, confiando que
alguno de ellos me ayudaría a pasar la noche. Veinte minutos después, deslizo mi mano en busca del álbum de fotos que, ella, guarda en su mesilla de noche, y tropiezo con algo que parece ser una carta. Algo en ella resulta perturbador. Dudo. “Me estoy volviendo loca- pienso”. No tiene sentido inmiscuirme en la intimidad de sus cuartillas. Miro a mí alrededor. No hay nadie. Estoy sola, en la cama, en el cuarto, en la casa. En este momento, hago lo que siempre suelo hacer: me muerdo el labio inferior y, sin más, me adentro por el alma de unas palabras que no me pertenecen:
Ave María Purísima.

Día 5 de Febrero del año 2000 Lonavla, India.

“Querido amor: He comenzado decenas de cartas y no he terminado ninguna. He perdido la cuenta de cuantas veces tiemblo al soñar que te toco, al soñar que te tengo, al soñar que me amas. A lo largo de los años, y tras aquella primera y única vez, trato de racionalizar mi desasosiego. Aunque lejos en el tiempo y en el espacio, en mis sueños siempre permaneces conmigo. En estos últimos días, en ellos, apareces muy pálida. ¿Te encuentras bien? ¿Qué te ocurre? De nuevo, esta frase:
-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida.
-¿Se encuentra bien? ¿Qué le ocurre?- pregunté ante tu silencio.
-“El día que murió mi madre, yo debería haber muerto con ella”- atinaste a decir.
Cuando abrí los ojos habías desaparecido. Durante las siguientes semanas, no dejé de pensar en aquella extraña confesión. Al cabo de un tiempo, volví a verte. Ésta vez, fue la biblioteca el lugar de nuestro encuentro.
-Marisa, te presento al padre Roberto- dijo Esther al presentarnos.
-Me alegro de conocerle- acertaste a decir.
-Usted debe ser la nueva maestra de la que he oído hablar…- dije, casi susurré, al tiempo que nuestras manos se encontraban. 
-Sí, en efecto…
Yo te observaba. Durante un segundo, me pareció que se producía un melancólico suspiro. En mi subconsciente, algo trataba de salir a la superficie, algo verdaderamente importante que yo trataba de eludir.
Aquella noche, mi sueño fue inquieto. Soñé contigo. No era de extrañar que hubiese soñado con tu rostro.
Y anduvieron los meses y comenzamos a hablar de nosotros. Yo te expliqué las razones por las que, en mi juventud, ingresé en el seminario. Tú decías que la vocación no debe tener razones.
-Es verdad- te dije.
Después de un breve intercambio de frases me confesaste lo de tu matrimonio… Ante aquello, ¿Qué podía responderte yo? No dije nada. Lo mejor era dejarte en paz. Tal vez, estabas atravesando una crisis de evolución.
A medida que fuimos conociéndonos, las cosas se me pusieron mucho más difíciles.
-Siento tu presencia, y tu pérdida tanto… - te dije, una tarde, a tu regreso de las vacaciones de aquel verano de los setenta. Que lejos estaba de imaginar que ése sería nuestro último verano…
-Trata de comprender… Roberto, haz un esfuerzo- decían tus labios.
-Pero, tus deseos no dijeron lo mismo.
-No quiero comprender, no quiero hacerlo… Marisa. ¡Te amo!
-¡Por favor…!
Nos abrazamos. Y en medio de aquellas alternativas de amor, de remordimiento y de placer, perdí el hábito de reflexionar.
A partir de aquel breve pero intenso encuentro de amor, tuve miedo. ¿Por qué no confesarlo? Si me hubiera quedado habría sido una deshonra para los dos. Corrían otros tiempos, malos tiempos… para los sentimientos, para las libertades, malos tiempos para todo.
Algunas semanas mas tarde, después de escribirte una larga carta, hice una visita al Arzobispo de mi Diócesis y, un nuevo y alejado destino me separó de ti.
Año tras año, busqué a Dios en diferentes misiones y en diferentes lugares pero, ¿De qué me valía buscar a Dios en los lugares santos si Él seguía viviendo en tu corazón? Miles de veces me pregunté:
-¿Quién soy yo?
Un buen día, llegó hasta mis manos un libro de cuentos: “The Song of the Bird” del P. Anthony de Mello, un sacerdote católico de aquí. A partir de su lectura y en uno de aquellos cuentos, encontré la respuesta a mi pregunta:
“La muñeca de sal”.
Con la esperanza puesta en tu perdón, deseo que mis palabras se conviertan en boca.
Para, besarte… Para besarte…

P.D: A principios de este año, Esther estuvo varios días conmigo, ya sabes que siempre le gustó hacer largos viajes. Supongo que te habrá contado lo mucho que hablamos de ti. Por ella he sabido que ya no vives en el mismo lugar donde nos conocimos y, fue ella, la que me dio tu nueva dirección. Asimismo, le pedí que te hiciera llegar mi regalo: ese libro del que te hablo. Te lo mando traducido al español. Espero que, al leerlo, encuentres el cuento al que me refiero y, así, comprendas quién soy yo, y quién eres tú en la historia de nuestro amor. El próximo mes de Abril, el día veinticuatro, llegaré a Madrid. Tengo que pedirte un favor: Apenas llegue al aeropuerto te haré una llamada. Si no escucho tu voz al otro lado del hilo, seré un hombre feliz, será que me amas y estás esperándome."
 

EN EL MAR -Marisa Fanlo-

Ellos nunca hablaban de la primera vez que vieron el mar. Tuve que interpretar lo que decía él en sus últimos momentos de vida. Ella, después, me siguió dando pistas, pero nunca hablaba de aquella vez que vieron el mar.
Ahora acabo de salir del trabajo. Voy a recoger algo de ropa a casa y me voy hacia Barcelona. Tengo que visitar al mar. Ese mar que escuchó
sus quejas hace tantos años y que ahora tiene que escuchar las mías.
A ella la enterramos ayer.
A él hace tres meses.

Ella era mi madre y vivía en un pueblo de Aragón cuando estalló la guerra civil.
Ella me contaba que cuando llegó Durruti a su pueblo dijo aquello de “que no falte un trabajador más de su casa” y salvó a su padre, al que iban a fusilar por ser de derechas.
Ella hablaba de los bombardeos, de los muertos, de la iglesia vieja donde se apiñaban los milicianos y donde se iban a refugiar los civiles; de aquella vez en que ella se cayó encima de un grupo, al entrar corriendo con mi hermana de la mano huyendo de un bombardeo; de la chica que murió justo en la puerta de la iglesia durante una de esas lluvias de metales; de aquella mujer que mataron por gritar “Viva
Cristo Rey” o de la otra cuyo único delito fue bordar la bandera republicana.
Ella recordaba los viajes andando hasta el monte, allá en los Monegros, a varios kilómetros del pueblo, para llevar comida a sus padres y a otra gente que estaba allí escondida.
Ella nombraba a una miliciana que la ayudó ejerciendo de comadrona cuando mi madre dio a luz a su primer hijo varón. Decía que la había tratado muy bien. Había una especie de admiración, oculta en sus palabras, hacia esa mujer que no seguía los esquemas tradicionales de una sociedad que ella misma sufría y no se atrevía a romper.
Ella se quedó sola con dos niños pequeños. Su marido había ido a luchar por la república. Además, sus hermanas estaban en Zaragoza, por lo que ella sola se encargaba de sus padres en el monte y de sus hijos en el pueblo.
Ella llegó a Barcelona buscando una lista de nombres entre la que quizás apareciese su marido muerto. Llegó con un niño de un mes. Un
niño débil, pues había sufrido un embarazo lleno de angustias y sobresaltos.

Él era mi padre. Había escapado de su pueblo a las pocas semanas de iniciada la guerra. Huía del miedo. De ese miedo que le recorría la espina dorsal cada vez que le llamaban del cuartel general de los anarquistas. Pasó el río colgado de la sirga de la barca que habían quemado los que escapaban de los rojos pocos días antes.
Él llegó al otro lado huyendo de una guerra. No lo consiguió. Otro ejército lo esperaba con los brazos abiertos. Encontró la misma guerra que no le dejaba escapar y se enroló en el ejército franquista.
Él nunca contaba nada de esto: que no fue comprendido por su familia, que no entendieron el miedo; sobre todo porque ese miedo estaba reñido con sus intereses.
Él había abandonado las propiedades de la familia en el pueblo a merced de los milicianos. Algunos nunca le perdonaron ese miedo, lo cual no deja de ser curioso, porque ellos se habían ido antes por la misma razón. Otros apuraron el perdón hasta unos días antes de que muriera, sesenta años después de los hechos.
Él recorrió toda España durante tres años y, como la guerra, acabó en Barcelona.
Él vio muchas cosas que nunca nos contó. Pero no tuvo que luchar con un arma en la mano. Durante ese tiempo había evitado todo contacto con la sangre. Estaba en telecomunicaciones, con lo cual lo tenía relativamente fácil.
Él llegó a Barcelona cuando entraron los nacionales. La primera noche decidió ir a la playa. Iba caminando hacia el mar y llegó alguien por detrás. Le golpearon y él instintivamente echó mano de su pistola.

Yo me he quedado sola. Y lo único que quiero es ver el mar. El mar que unió a mis padres y del que luego escaparon para poder olvidar. Yo lo hago al revés. Yo voy a escapar al mar.

Ella estaba despidiéndose de aquel niño al que nunca volvió a visitar en su tumba. Acababan de decirle que era viuda. Entonces vio el mar por primera vez. Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la orilla del mar azul de Barcelona.
Él seguía temblando cuando llegó al mar. Lo vio por primera vez minutos después de matar a alguien. La primera y única vez en su vida que mataría a nadie.

Probablemente me parezco a ella en las desgracias de todo tipo que hemos sufrido.
Y seguro que de él he heredado el saber callar.
Ya no quiero más desgracias ni quiero callar más.

A mediodía ambos coincidieron buscando comida en un refugio que estaba montando el Auxilio Social en una calle al lado de la playa.
Ya no se separarían.

Y aquí estoy yo. Frente al mar. Frente a ese mar que ellos vieron por primera vez en uno de los peores momentos de sus vidas. Ellos pasaron página porque se encontraron. Yo estoy cansada ya, encerrada en un mundo que me ha dejado sola. He perdido a las personas que daban sentido a mi vida. Hoy me voy a liberar de mi continuo encierro. Se acabó. Quiero olvidar todo: sus sufrimientos y los míos; su muerte y mi soledad.

Ellos nunca me hablaron de la primera vez que vieron el mar.
Yo tampoco hablaré de esta última vez que estoy viendo el mar.

YO ME ACUERDO -Ana María Rocañín-


… De cenar sentada en la banca de mi abuela al lado del hogar.
… De la gitana que llamaba a la puerta de casa y a cambio de hacer una cesta de anea, mi madre le daba un hueso del pernil. Yo siempre me preguntaba como se las componía esa señora para convertir aquel zancarrón en cesta.
… De las historias que me contaba mi abuelo Fermín sobre la guerra de Melilla y me acuerdo de la canción que se inventaron entre tres compañeros que se llamaba “La quinta del 24”.
… De la primera sonrisa de mis hijos a los pocos días de nacer.
… Del día que nació mi hermana. Yo volvía del colegio después de un gran sofocón porque la maestra se había empeñado en que saldría de allí “sabiendo sumar quebrados”. Me mandaron a comprar un chupete y todo el mundo se pensó que yo había llorado por mi hermana.
… De los quesitos helados que vendían en el quiosco.
… De cuando hacían las vacas en la plaza. Recuerdo el olor de la madera de las vallas.
… De bebernos la gaseosa en el cine y ponerla tumbada para que se fuese redolando por el suelo de madera cuesta abajo e hiciese ruido.

YO ME ACUERDO -Arrate Gallego-

Yo me acuerdo de las tardes de Domingo viendo la tele en casa de los abuelos.
Me acuerdo de la serie Sandokán, y que invitábamos a nuestros vecinos para que vinieran a verla con nosotros, porque ellos no tenían televisor.
Me acuerdo que te marchaste con tus amigos en una tarde de Domingo.
Me acuerdo de la ropa que llevabas, del olor a tierra mojada, a leña quemada, del olor a ti.
Me acuerdo que te esperé sentada en la escalera de piedra que daba al patio.
Me acuerdo del miedo y el dolor, porque no regresaste.

YO ME ACUERDO -Jaime Sanz-

Yo me acuerdo de la casa donde viví hasta los nueve años, con sus paredes azules, su suelo frío y sus radiadores de hierro fundido.
Yo me acuerdo de la boina y del bastón de mi abuelo paterno.
Yo me acuerdo de mi abuela materna, menuda y siempre vestida de negro, viendo la misa los domingos en su televisión de blanco y negro.
Yo me acuerdo de la vieja gallina de mi abuela, huidiza, asustadiza, siempre escarbando.
Yo me acuerdo del cuatro latas de mi tío, blanco, siempre preparado para salir al campo. Yo me acuerdo de haber puesto en la radio alguna cassette de Manolo Escobar.
Yo me acuerdo de la puerta castellana de la habitación de la casa de mi abuela donde dormíamos.
Yo me acuerdo de un globo que me compró una vez mi padre en unos Pilares, y de cómo se subía al techo del cuarto de estar, pintado de verde, de la casa donde viví hasta los nueve años.
Yo me acuerdo de una cabalgata de los Reyes Magos. Mi padre me llevaba sobre sus hombros.

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YO ME ACUERDO -Julia Delcazo-

Recuerdo cuando íbamos a coger moras al paseo y para coger las más buenas había que subirse a los árboles. Y recuerdo que no sé por qué era siempre yo la que se subía, cogía las moras y las echaba a las amigas después, claro está, de comerme las más gordas. Y recuerdo que eso que dicen de que “para bajar todos los santos ayudan” se quedó grabado en mi memoria como una gran patraña el día que al bajar me deshice el único vestido que tenía para mudar, por lo cual, además del daño que me hice, mi madre cuando llegué a casa me propinó una buena zurra.
Recuerdo que cuando venía la tía Fina al pueblo, pues trabajaba en la capital, yo me iba con ella a dormir en casa de la abuela. Y me acuerdo de su olor y de cómo me contaba cuentos para que me durmiera.
Y recuerdo al tío Andrés que me aupaba en alto y, como era su primera sobrina, me decía: “aunque tenga hijos no los podré querer como te quiero a ti”; pero pronto me di cuenta de que eso no vale.
Recuerdo cuando íbamos de pequeñas a mirar las carteleras de los dos cines que teníamos y de la rabia que nos daba que no fueran “toleradas” o que lo fueran pero con reparos, que quería decir que si entrábamos luego teníamos que confesarnos porque, según nos decían, era pecado.
Recuerdo que me eligieron con tres amigas más para llevar la caja de un bebé que había fallecido. Lo llevamos andando hasta el cementerio, pues era esa la costumbre entonces, y al volver a casa del pequeño difunto me senté en una silla con mucho respeto y veía como la gente antes de marchar le daba un beso a la madre de la criatura y le decía unas palabras que sonaban siempre igual, pero que yo no conseguía entender. “¿Qué tengo que decirle?” me preguntaba. Mi madre no me había advertido y a mí me daba apuro marchar de allí sin saber lo que tenía que hacer. Al final, cuando ya sólo quedaba yo, no tuve más remedio que marcharme. Me acerqué a la Valentina, que así se llamaba, le di un beso y le dije “gracias”. Cuando me enteré de que, en vez de gracias, le tenía que haber dado el pésame cogí una rabieta de vergüenza que me dio.

YO ME ACUERDO -Marisa Fanlo-

YO ME ACUERDO -Marisa Fanlo-

Yo me acuerdo del pilón del arco de San Roque que construyó mi bisabuelo y en el que nos hacían fotos a todos sus descendientes cuando no teníamos ni un año.
Yo me acuerdo de la tienda de la Pilarín, que siempre nos daba chocolate cuando nos veía por allí fuera.
Yo me acuerdo de que mi abuela y sus hermanas siempre estaban en el comedor de la tía Carmen, con la ventana que daba a la plaza.
Yo me acuerdo de que, cuando era una cría avergonzada de que le acababan de salir las tetas, mis tías siempre me decían que tenía que andar “bien tiesa”.
Yo me acuerdo de Juan, el Rosquillas, que tenía la barbería debajo de la casa del cura y que siempre les cortaba el pelo a mis hermanos.
Yo me acuerdo del Ángel, el Cojo, que no consiguió que mi hermano se hiciera del Madrid ni con todos los caramelos de su quiosco.
Yo me acuerdo de todas las noches que recé delante de la Virgen de la cabecera de mi cama para despertarme al día siguiente con el pelo liso y largo.
Yo me acuerdo de aquellas noches leyendo debajo de las sábanas con una linterna.
Yo me acuerdo del año en que me pusieron gafas, quizás por culpa de aquellas noches y aquella linterna.
Yo me acuerdo del mes de mayo, de las flores y de los cánticos delante de la Virgen que había en la entrada del colegio.
Yo no me acuerdo de cuándo me di cuenta de que no me creía esas historias.

COSAS DE LA VIDA -Julia Delcazo-

Era domingo y estábamos mudadas porque habíamos ido a Misa Mayor y además por la tarde íbamos a ir al cine.
–No os mováis de aquí que vengo enseguida – gritó mi madre desde la puerta de la cocina.
–Vale – respondí.
–Y cuida de tu hermana.
–Vale.
Nos quedamos en la cocina, en la banca grande, mi hermana y yo. Ella tenía un año y medio. Yo le quito seis. A mi lado una pilada de tebeos: El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín y unos hombrecillos verdes que venían del espacio transportados en sillones voladores. De estos no recuerdo el nombre, aunque tenía muchos y me gustaban. Me los traían los primos de Barcelona cuando venían a casa a pasar el mes de agosto. Estábamos en noviembre y ya me los había leído un par de veces. También me traían de Azucena y de Lolita.
En el hogar una buena fogata, pues hacía frío, y una enorme olla de agua hirviendo. Yo leyendo los tebeos y mi hermana dando vueltas alrededor mío: bajaba por la izquierda y pasaba haciendo equilibrios por delante de mí pisando el hierro que bordeaba por dentro el hogar, se supone que para que la piedra no se quemara, volvía a subir por mi derecha una y otra vez... Embebida en mis lecturas, la verdad es que no le prestaba mucha atención, sólo de cuando en cuando le decía “ten cuidado que te caerás”.
De pronto uno de sus pequeños pies resbaló y se precipitó encima del fuego. No sé cómo fue porque todo ocurrió en décimas de segundo. Recuerdo que la quise sujetar, pero no pude evitarlo y, en vez de caer en el fuego, cayó en la olla del agua que a su vez se volcó.
La saqué del hogar, le remangué el vestido y le bajé los pantalones. Llevaba el culete en carne viva. Yo sentí nauseas, pero no de asco sino de dolor. Sin embargo no lloré, aunque tenía muchas ganas. La dejé en medio de la cocina sujetándose la ropa y chillando de dolor y salí corriendo de casa en busca de ayuda.
A cuatro puertas de mi casa vivía la tía Carmen, prima de mi padre. Nos llevábamos muy bien y nos visitábamos todos los días. Pensé que
mi madre estaría allí y desde la puerta gritando pregunté:
–¡Tía! ¿está mi mama?
–No – me contestaron desde la cocina.
Salí corriendo de allí y fui a casa de las dos o tres vecinas con las que mi madre tenía más confianza. Pero no estaba con ninguna.
Entré en casa; mi hermana seguía llorando y chillando a la vez. Al verme se soltó la ropa que todavía se sujetaba y extendió sus brazos hacia mí a la vez que me llamaba: “¡tata, tata!”.
Volví corriendo a casa de mi tía, llorando desconsoladamente. Esta vez entré hasta la cocina y al verme enseguida me preguntaron:
–¿Qué te pasa?
–¡Mi hermana se ha caído al fuego!
No preguntaron nada más; se levantaron y con las manos en la cabeza echaron a correr ella y mis primas que también estaban. Salieron hacia mi casa. Yo las seguía. Mi hermana se oía llorar desde el patio.
–¡Alabado sea Dios! – dijo mi tía cuando la vio asomar por la puerta.
La pobre me había seguido llamando: “¡tata, tata!”. La cogieron en brazos con cuidado y la llevaron a su casa. La desnudaron, le untaron el culete con aceite de oliva y la envolvieron en gasas.
Cuando llegó mi madre a casa se encontró la puerta de par en par y el fuego apagado. La suerte fue que la misma agua que escaldó a mi hermana apagó las llamas ya que si le hubieran prendido las ropas de lana que llevaba seguro que el desastre hubiera sido mucho mayor. Al fin y al cabo yo sólo tenía ocho años.
Con aquellas quemaduras hoy la habrían ingresado con urgencia en la unidad de quemados y habría estado por lo menos tres meses.
Llamaron al médico, que le hizo una cura con pomadas y gasas esterilizadas. El medicamento que le ponían valía sesenta pesetas y lo gastaban en un día, pues era mucha extensión la que llevaba quemada y tenían que curarla dos veces al día. El jornal de un hombre por aquel entonces ascendía a cincuenta o sesenta pesetas.
Le costó casi año y medio curarse y cuando pudo ponerse de pie no sabía andar. Con más de tres años tuvo que volver a aprender. Por entonces ya le habían cicatrizado las heridas y le picaban y le molestaban tanto que había que estar toda la noche rascándole. Dormíamos juntas y yo le rascaba, pero me cansaba y entonces venía mi madre un rato. Yo me iba a su cama con mi padre. Después se levantaba él y luego yo volvía a mi cama otra vez. Así pasamos muchas noches y nunca he olvidado aquel lloriqueo: “¡que me picaaaa, que me picaaaa!”. Era un sonsonete mecánico y machacón que nos estremecía a todos y más de alguna vez nos hacía llorar de impotencia.
Nadie hizo reproches a nadie porque todos nos sentíamos culpables de lo sucedido. Mi madre, que fue a ver a su padre que se había puesto enfermo, se sentía culpable por dejarnos solas; mi padre por no estar en casa y yo por no tener más cuidado.
Lo que iba a ser una fiesta se convirtió en una desgracia y, puesto que tan sólo contábamos con el sueldo de mi padre, aquello, añadido a nuestra humilde situación, fue la gota que colma el vaso.
No obstante nos sentimos muy felices el día que mi hermana empezó a andar de nuevo y a hacer vida normal.
Mis padres acababan de vender a un carnicero un corderillo que anteriormente habíamos comprado muy barato a un ganadero. Lo vendían barato porque la oveja madre había tenido gemelos y le quitaban uno para que criara bien al otro o simplemente porque no lo podía criar. Nosotros lo criamos con biberón primero y luego con alfalfa, maíz, etc., durante un par de meses y luego lo vendimos para sacar un dinerillo extra.

Aquel domingo, mi padre, muy contento porque se lo habían pagado bien, dijo mientras comíamos que ya que no teníamos que tapar ningún agujero, nos íbamos a hacer un regalo los cuatro y por la tarde iríamos todos juntos al cine. Yo, aunque nunca he sido muy expresiva, recuerdo que me sentí tan feliz que hasta toqué palmas. Y mi hermana, al verme, también. Mi madre preguntó:
–¿Nos lo podemos permitir?
Y mi padre contestó:
–No lo sé, pero nos lo merecemos.
Aquellas palabras, que quizás no terminaba de comprender, me sonaron bonito.
Proyectaban, en uno de los dos cines que teníamos por entonces en el pueblo, la película Sisí emperatriz. Mi madre y yo estábamos entusiasmadas, pues era una película de mucho éxito.
No la vi hasta muchos años después, cuando la volvieron a poner.

AQUELLA NO ERA SU GUERRA -Julia Gallego-

AQUELLA NO ERA SU GUERRA -Julia Gallego-

Papá es la persona que más quiero en el mundo. Le quiero igual, igual que a la abuela. A mí me gusta mucho cuando papá me levanta en el aire. Él, con sus manos cruzadas sobre la cabeza, se agacha un poco y yo, entonces, me cuelgo de uno de sus brazos. Después, él, lentamente, se pone en pie y gira y gira. Y yo vuelo y vuelo en su derredor hasta que siento que me mareo. Entonces él deja de girar y girar y yo dejo de volar y volar y, con sus fuertes brazos, me coge para que no me caiga y me asienta sobre sus rodillas y me cuenta cosas de cuando él no era aún mi papá, de cuando él y mamá se enamoraron y se hicieron novios, mucho antes de que él se marchara a Rusia, un país muy frío y muy lejano. Tan frío que hasta el aliento se le quebraba en el aire y tan lejano que anduvo tiempo y tiempo metido en viejos y negros trenes que atravesaron de punta a punta parte de la vieja Europa. Papá, cuando me cuenta estas cosas, me aprieta muy fuerte contra su pecho y me dice que, a veces, cuando se es joven, uno no es del todo el uno que debiera ser y que eso lo supo al poco de llegar allí. Me habla también de muchos compañeros suyos menos afortunados que él. “Soldados españoles intrépidos y valientes”, dice, que quedaron muertos en vida en los campos de Siberia. A papá, cuando me cuenta estas cosas, siempre le caen las lágrimas. Papá también me dice:
-Escucha, cariño; en todas partes hay gentes buenas, nunca olvides esto. En Rusia, la población civil era buena y sufrida y aquellas pobres gentes no tenían culpa de nada. Y, en las trincheras, el comunismo no fue nuestro peor enemigo. Allí, el enemigo más sanguinario de todos y el único invencible fue el frío.
Yo, entonces, mientras pienso si será ese mismo u otro frío el causante de que mis manos y mis pies se llenen de sabañones en cada invierno, le pregunto:
-¿Quién es el comunismo?
Papá me dice que nadie en concreto, que eso tan solo es una ideología y que tiempo tendré de saberlo cuando sea mayor. Después de largo rato de contarme lo del frente de Leningrado, lo del río Vokhov y la retirada de sus tropas, papá saca del bolsillo de su camisa de cuadros un paquete de Ideales y, lentamente, rasca una cerilla y se enciende un cigarro. Lo fuma despacio, aspirando muy fuerte y echando largas bocanadas de humo. Mientras lo hace, calla entristecido. Yo, entonces, me acerco mucho a él y le miro a los ojos. La abuela siempre dice que en los ojos de las personas se refleja el alma. Pero en los ojos verdes de papá no veo nada. Así, muy juntos los dos, echo mis brazos alrededor de su cuello y le beso y le abrazo y le digo que la guerra es mala, muy mala. O eso mismo dice de la guerra la abuela.
Papá sigue diciendo que aquella no era su guerra, que maldita inconsciencia la de su juventud y que aquel no era su lugar, que tan solo los malos sueños o el fatal destino le habían empujado hacia ese lado. También me cuenta cómo aquellos alemanes, tan duros y tan malos, amigos de uno que mandaba y se llamaba Hitler, a los que papá, equivocadamente, fue a ayudar, entraban en pueblos y ciudades de Rusia y lo arrasaban todo. Él dice que nunca disparó contra nadie, que su única misión en aquella maldita guerra era la de enlace. Entonces le pregunto qué es ser enlace y él me explica que el enlace es la persona encargada de llevar los partes, los correos y las contraseñas de un campamento a otro. Yo le digo que no entiendo eso de los correos, los partes, las contraseñas y todas las demás cosas de esa maldita guerra. Entonces él me dice:
-No importa.
Al poco, mamá viene a buscarme para darme la merienda, pan y chocolate “La Mutualidad”, y le riñe a papá y le dice que eso no son cosas para contarle a una niña. Entonces él la besa en la boca y la llama Irina. Después, mamá se suelta y llora quedamente y dice que la culpa de toda esta locura de papá la tiene la División Azul y la bebida.

VIDA DE SEGUNDA MANO -Ana María Rocañín-

VIDA DE SEGUNDA MANO -Ana María Rocañín-

Salió de la casa dando un portazo. Se sentó en las escaleras de la entrada y respiró hondo.
Vio su bicicleta de paseo apoyada en la verja, se levantó y rápidamente salió pedaleando. Salió del pueblo y tomo el camino hacia el acantilado, uno de sus lugares preferidos. Cuando llegó estaba sudorosa y sofocada por la mezcla del esfuerzo y la rabia contenida.
Apoyó la bicicleta en un árbol y se acercó al precipicio. El mar chocaba contra las rocas embravecido, furioso, echando espuma. Así se sentía ella y gritó, gritó hasta unirse con el mar, cómplices los dos, unidos en la soledad y en la furia.
Cuando se volvió, observó que la bicicleta había perdido un pedal. No se había percatado durante el camino de que llevaba el pie apoyado únicamente en la barra de acero.
Siempre le había dado problemas. Aquel día que tras muchos años se había decidido a comprarse una bicicleta, fue con toda la ilusión a la
tienda. La quería roja, iba a ser la primera que se compraba. Pero se dejó convencer por el vendedor que le ofreció una de color lila de segunda mano que era de toda confianza y estaba impecable.
De segunda mano. Empezó a pensar que casi toda su vida era así, que no había estrenado nada de lo que tenía.
A su marido lo conoció en el trabajo, su mujer había fallecido hacía dos años y al poco tiempo de empezar a salir con él se dio cuenta de que se había enamorado. Tenía dos hijos pero a ella no le importó y pensó que podría ganárselos.
Vivía en la casa familiar que habían comprado con la primera esposa, con sus muebles y enseres, porque pensaron que era mejor para los niños que el ambiente cambiase lo menos posible.
Al principio parecía que todo marchaba bien, pero estaba resultando muy duro porque ellos no la terminaban de aceptar. Y ahora que estaban entrando en la adolescencia las discusiones eran continuas; ella intentaba educarlos como si fueran sus hijos y aunque nunca pretendió sustituir a su madre, la rechazaban diciendo que no tenía ninguna autoridad sobre ellos. Además su marido nunca la apoyaba y siempre acababa quitándole la razón delante de ellos, y más permisivo, cedía a sus caprichos por miedo a que dejasen de quererlo.
Se sentía ahogada y sola.
Observó el mar y respiró libertad. En ese momento se apeó de su vida y decidió que iba a “estrenar” otra. Empezaría por el principio.
Tomó carrerilla, cogió la bicicleta y la tiró por el acantilado. Necesitaba una bici nueva de color rojo.

EL VUELO DE ELOÍSA -José Manuel González-

EL VUELO DE ELOÍSA -José Manuel González-


Nació muerta, los médicos hicieron lo imposible para reanimarla y consiguieron traerla a este mundo. ¡En qué mala hora! Estaba cianótica, llena de moratones por las maniobras de la reanimación, cubierta por completo por una capa de moco que le daba un aspecto de monstruo.
No lloró, entró en la vida en silencio, como si supiera que no debía de haber nacido, como si estuviera en un mundo que no le correspondía. A duras penas, los padres, se hicieron a la idea de sus limitaciones físicas. Parecía un vegetal, un ser amorfo que dependía de una máquina para sobrevivir. Poco a poco, la fuerza interior de Eloísa fue venciendo a la muerte y de la cérea piel de crisálida que la envolvía surgió una mariposa-niña de belleza extraordinaria.
La piel traslúcida, hendida de retorcidos caminos de venas lila, se le cayó como a las serpientes y, bajo ella, emergió una espléndida epidermis rosada y sana, cubierta de una pelusilla dorada que a todos maravillaba.
Sus padres estaban felices. La desgracia inicial del traumático nacimiento se vio recompensada con el nuevo aspecto de su hija. La madre
paseaba, orgullosa, a Eloísa por todo el pueblo. Los vecinos, no obstante, se apartaban inquietos cuando ellas pasaban.
Eloísa crecía y crecía dentro de su carrito de paseo. Veía pasar los árboles del parque y oía como los pájaros, hasta los jilgueros, enmudecían al instante cuando sentían su presencia.
Y empezó a andar y al tropezarse un día, con el perro seter de falsa porcelana china, descubrió que tenía un bulto en la espalda. La protuberancia, palpitante y cálida, le picaba cada vez más. Eloísa lloraba, pero nadie la escuchaba. Su madre la veía abrir la boca angustiada, pero nada oía. Su padre la mecía con sus brazos lacios y a Eloísa nadie la sentía.
Un día, cuando más le picaba, se rascó con saña en la corteza de un roble. Se desgarró la piel y surgieron las alas: unas alas etéreas, casi de hada, unas alas transparentes, sin peso ni forma. Y batió las alas y, del mismo modo que había empezado a andar, se elevó del suelo hasta la copa del árbol. Desde allí contempló su casa. Vio los tejados viejos, las antenas y la ropa tendida en los terrados. Vio a su madre llorando y a su padre mirando al cielo. Le gritaban que bajara, pero ella no hacía nada. Cuando el sol se ocultaba, descendió flotando hasta sus brazos y, por instinto, ocultó las alas. Eloísa sonreía, su madre la abrazaba y de pronto, una voz cantarina, como de cristal templado, salió de sus labios antes callados. Su madre, extasiada, la llenó de besos y Eloísa cantaba. Eran canciones tristes, con palabras extrañas, pero Eloísa cantaba. El padre acudió corriendo, casi sin rozar el suelo, y cuando las vio abrazadas, se sumó al abrazo y contuvo el llanto.
A partir de ese día, a Eloísa, los pájaros la rodeaban. Los gorgogeos de los ruiseñores, de las calandrias y las cardelinas se unían en un coro animal en el que Eloísa era la solista destacada. La voz de vidrio de Eloísa se tornó de plata, con brillos, tintineos y olor a albahaca. Un sonido tenue, sin estridencias que llegaba al alma. La gente del pueblo se congregaba cerca de la casa, para oír sus cantos, para convencerse por sí mismos de que la rara voz de la niña no era un sueño. Pronto la noticia llegó a la ciudad y enviaron un tropel de periodistas armados con preguntas y cámaras fotográficas.
Hicieron fotos de todo: del jardín marchito de la entrada, de las macetas de margaritas y la madreselva, de la verja rota que tanto chirriaba, del roble centenario que daba sombra a la casa y hasta del dichoso perro de porcelana.
Las preguntas caían sobre los padres de Eloísa como el chaparrón de una tormenta de verano y, de la misma manera que se ignora la lluvia que cala los huesos, ellos ignoraban a esos molestos fisgones y seguían mirando con embeleso a su hija. Al poco tiempo, los de la capital se cansaron del silencio y regresaron a sus periódicos con las libretas llenas de especulaciones y opiniones disparatadas.
Un día de marzo, llegó un buhonero al pueblo y pasó por la puerta de la casa de Eloísa. Llevaba un furgón cargado de baratijas y entre ellas una vieja bicicleta de color rojo óxido. Papá la compró, ajustó los ruedines, lijó la herrumbre y la pintó de verde.
Eloísa estaba encantada con la bici. Al poco tiempo rodaba por toda la casa haciendo sonar el timbre de hojalata que mamá le había com-
prado. Parecía que, con la novedad del juguete, se le habían olvidado sus cantos de ninfa y hacía tiempo que no se elevaba del suelo. Pero la naturaleza de Eloísa era más fuerte que la fuerza de la gravedad y un día, mientras paseaba por el patio, las alas de mariposa batieron de nuevo sin ruido, elevando su cuerpo etéreo hasta perderse de vista, hasta confundirse con las nubes, hasta fundirse con los rayos de sol del atardecer. Los pájaros la siguieron hasta detrás del horizonte. Los padres de Eloísa gritaron en vano y el viento de marzo les devolvió sus lamentos, pero Eloísa ya no era Eloísa, y se perdió en la nada.
Por eso, por la mañana, el padre de Eloísa, cogió su furgoneta, cargó la bicicleta, condujo entre sollozos hasta el barranco angosto y la lanzó volando hacia el túmulo del vertedero, pero, antes de llegar al suelo, un inmenso imago con cuerpo de libélula, emergió rasante y, como ave rapaz, atrapó en vuelo la bicicleta verde con timbre de hojalata.

BARRANCO ABAJO -Julia Gallego-

BARRANCO ABAJO -Julia Gallego-

-¡Me voy!- dijo una mañana.
Y a la Goya le brillaban los ojos como si fuera a llorar. A la Goya, aquella mañana, le pesaba la cabeza y notaba un sabor amargo en la boca. Sin ella darse cuenta aquel veneno le iba corroyendo el alma por dentro.
-Tal vez, es mejor así- se dijo, mientras salía por la puerta, dando un fuerte portazo.
En la cocina, una pila de platos, vasos, cubiertos y restos de comida reseca, de la noche anterior, quedaron, sobre la mesa, en un abandono descuidado.
Aún no había amanecido. La calle permanecía solitaria. Sintió frío.
“No me hará esto. No permitiré que esa puerca se salga con la suya. Te lo juro, madre”.
Aceleró el paso hasta el cruce con la carretera. Desde la ventana del bar Crespo, vecino a la tahona del tío Tirra, Matías, “el tuerto” y la Quica, los dueños, la vieron pasar.
-Apuesto que la Goya va en busca de lo que es suyo –dijo Matías a la Quica, bajito.
La Quica dejó, por un momento, de restregar el suelo, se secó las manos en el delantal y exclamó:
-¡Y hará bien! ¡Menuda la zorra esa, anda que…! ¡De tal palo, tal astilla!
-¡Buena hembra, la Goya, eh!- volvió a decir el Matías, con rostro malicioso.
-¡Mas respeto, esas cosas no se dicen a tu edad…! –dijo la Quica a punto de estallar.
-¡Qué pasa contigo!- dijo- Si estás buscando liarla, dilo. Sólo digo lo que siento: ¡Que es una buena hembra la Goya, y punto! No creo haberle faltado al respeto por eso…
La Quica volvió de nuevo a restregar, esta vez con más fuerza, el suelo, mientras observaba al Matías con el rabillo del ojo. Mientras lo hacía, le vino a la mente el señor Juan, el padre de la Goya. Él era el dueño de las mejores fincas del pueblo y, allí, en su casa, conoció a su Matías. Cuando su Matías entró a trabajar como mulero, ella llevaba ya un par de años como criada. Los mismos que llevaba la Santa que, bien mirado, de santa sólo tenía el nombre. Por aquel entonces, ya se la tiraba el señor, bueno, a la Santa se la tiraba más de uno y más de dos… le tiraban mucho los pantalones a la Santa; por eso le duró tan poco el trabajo en la casa. También al Matías lo encontré untando de aquel plato, también… hasta que, un mal día, cegada por los celos, cargué con la escopeta del señor y le quise pegar un par de perdigonazos en el culo, con tan mala puntería que le entuerté el ojo. Pero, lo de ahora… se ve que la Santa se le ha vuelto vieja y que al señor Juan le gusta la carne más tierna, ya se sabe “al burro viejo, forraje tierno…”
En la bocacalle que se abría hacia la casa del pueblo, a lo lejos, vio como alguien le hacía una seña, como saludando, y la Goya que tenía la vista como un lince reconoció a Francisco, el que fuera pastor de su padre.
A medida que éste se alejaba, recordó a la Goya cuando era pequeña: ¿No se le metió en la sesera aprender a ordeñar las cabras? ¡Mecaguen la zagala de dios…! ¡Qué lista era…! Y cuánto ha llovido desde entonces… Pobre señora, que joven se nos fue. ¡Dios la tenga en su gloria! Y tan guapa… A guapa no la ganaba ninguna, a más que más, la Goya es la que más se le parece de las cuatro hijas que tuvo, aunque las otras no le andan a la zaga, no…
Poco después de agitar varias veces la mano para saludar a Francisco, la Goya se detuvo en seco. De pronto y a unos quince metros escasos, y apoyada sobre una puerta falsa, divisó lo que había venido a buscar. Algo que le pertenecía sólo a ella, algo que su madre le había regalado el mismo día que cumplió sus veinte años, algo que nadie debía profanar. A la Goya, en aquel momento, le quemaba la sangre, y le dolía su desesperanza. Repentinamente experimentó deseos de venganza. Estudió, incluso, el procedimiento aunque, ese fuera como someterse a su propio suicidio.
Justo desde la ventana de enfrente, Flora, la hija de la Santa, la vio alejarse empujando la bicicleta y murmurando.
-¡Ande con ojo, señorita Goya! ¡Ande con ojo…! Mañana mismo, esa bicicleta, estará de nuevo en mi puerta – masculló, por lo bajo, y sonrió con su habitual mueca. Mientras, desde la cama, la voz apremiante del señor Juan demandaba lo que, desde hacía algún tiempo, ella le daba a cambio de buenas pesetas.
La Goya avanzaba camino del monte. La ira y la impaciencia la llevaron a pedalear con mas fuerza su bicicleta que chirriaba a cada vuelta de las ruedas. Corría contra el viento, sumida en su rabia, y el aire penetraba en sus pulmones y se expandía por todo su cuerpo. Una pareja de la guardia civil pasó, junto a ella, mirándola. La saludaron: “Buenos días”, le dijeron. Pero ella no contestó. Se acordó de lo que tenía que hacer. Se hizo a un lado del camino y cortó por el cerro, hacia donde estaba saliendo el sol. Subió y bajó, cruzando campos pedregosos. Cuando llegó al borde del barranco era ya de día. Miró a lo lejos el cementerio. Su madre estaba allí, descansando en su tumba. Ya sin ningún despertar. Bajó de la bicicleta. Cerró los ojos, y la dejó caer barranco abajo, rodando y rodando.

TORTURAS Y OTRAS MALDADES -Marisa Fanlo-

TORTURAS Y OTRAS MALDADES -Marisa Fanlo-

Hace dos veranos mi novio, al ver que empezaba a notarse el cambio de trabajo en mi cuerpo -por supuesto para peor- me regaló una bicicleta.
Si os digo la verdad, me alegré mucho, pero todos sabíamos que mi fuerza de voluntad brilla por su ausencia, sobre todo en lo que se refiere a realizar cualquier esfuerzo físico.
La verdad es que me gusta coger la bici y pasear por la arboleda, pero eso no implica que tenga que aguantar ningún sufrimiento. No soy tan masoca, lo siento.
Y cuanto más me insisten en hacer algo, más claro tengo que no lo voy a hacer.
El otro día estaba yo en la frutería y entró la hermana de una amiga mía: «te has engordao», me soltó así, de repente, delante de las cinco o seis personas que había allí. «Anda que no vas con retraso, si ya he adelgazao y todo», le contesté. Evidentemente era mentira, pero me quedé más tranquila.
Al día siguiente me acerqué a hablar con mi madre, que iba paseando por la plaza con sus amigas. Una de ellas, antes de darme tiempo a saludar, me dijo: «cómo se nota la buena vida ¿eh? Cómo te estás poniendo...» Yo saludé a todas y me puse a hablar con mi madre. Seguro que la borde esa dijo luego que había sido una maleducada por no contestar a su amable comentario.
El viernes estaba en el trabajo y volvieron a proponer lo de apuntarse al gimnasio. «Yo paso», les dije. Y ahí estaba el típico compañero ocurrente: «pues falta te hace, je, je». Por supuesto, yo le llamé calvo y hortera. Qué me iba a quedar callada, lo tenía claro.
Ese mismo día por la noche nos fuimos a cenar con unos amigos. Habían sacado ya un par de platos y yo apenas había probado nada. En
cuanto acerqué mi tenedor a un calamar escuché: «cariño, comes mucho». Y añadió: «qué rica gana tiene mi chica». Cogí la copa de vino y me la bebí de un trago. Y entonces sí que empecé a cenar.
Ayer fue mi cumpleaños. 32. Empecé bien la mañana. Mensajes de móvil, llamadas de teléfono y hasta algún regalillo sorpresa de los del trabajo. Me sentía bien, vamos. Y, además, siempre hay gente tan cumplida que te suelta eso de que no aparentas los años que tienes, etcétera, etcétera. Cuando llegué a casa del trabajo y abrí la puerta, enseguida vi su chaqueta en la silla. Oí ruidos en el cuarto del fondo. Fui hacia allí y me asomé. ¡Dios, una bicicleta estática!
Tengo que reconocer que en un principio volví a alegrarme como cuando me regaló la otra, pero ¿esto no puede considerarse ya un insulto?
Hoy iba yo por la orilla del río. Al llegar al puente he bajado de mi bicicleta. Las piernas se me doblaban y todo, después de ocho kilómetros. He mirado a todos los lados por si había alguien, pero la decisión estaba tomada: la he tirado al río. Y si hubiera tenido allí la otra, también habría caído. Estoy en contra de la tortura.

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ESPEJITO, ESPEJITO -Ana María Rocañín-

ESPEJITO, ESPEJITO -Ana María Rocañín-

¡Ay, espejito, espejito, miénteme un poquito! Hoy me he encontrado a Maruchi y Fefa y estaban imponentes, aparentaban diez años menos. Claro que una buena peluquería y una ropa a la última, aunque digan que no, sí que hace al monje.
Pero vamos, siempre fueron así, pendientes de su aspecto, con la ceja impecable dale que te pego a la pinza; no gastando en bocadillos para ahorrar michelines y más pendientes de la moda que de ecuaciones y adverbios.
Sus esfuerzos han sido recompensados con un marido bien dotado de billetes que las colocó en el mundo del “glamour”, en el que tienes clase si tienes un aspecto “fashion” y estas al día en las últimas tendencias de moda y decoración. Esto te permitirá compartir almuerzos con platos “de diseño” (en los que cuesta más decir su nombre que consumir la escasa vianda, después de retirar el adorno) y pasar buenos ratos culturizándote en las mejores tiendas donde cuanto más te cobran más buena es.
Iban a recoger a sus niños (un único hijo cada una por supuesto, que el embarazo te deforma y las tetas se te caen de dar el pecho), a una de esas academias donde te los entretienen con todo tipo de actividades y se supone que te los devuelven muy educaditos; cosa que tampoco pueden comprobar por el escaso tiempo que pasan con ellos.
Y a ti te miran de la cabeza a los pies con una expresión de pena y cuando te despides intuyes los comentarios a tu espalda... “¿Te has fi-
jado? Ese vaquero por lo menos tendrá dos años, ese estilo ya no se lleva. Si es que nunca tuvo visión de futuro. Mira que casarse con el primer hombre del que se enamoró... Claro, ahora le toca trabajar. ¿Ves, Fefita, como fue más inteligente dejar colgada la carrera que acabarla como se empeñó esta pobre por vocación?”.
Y yo me he ido con paso acelerado, sintiendo que me salía fuego de las mejillas mientras pensaba en que al llegar a casa tendría que poner la lavadora, preparar la cena, ayudar a mis hijos a hacer los deberes, jugar un rato con ellos, prepararme las clases del día siguiente... ¿Y cuándo encuentro yo un hueco para la pinza?
¿Sabes, espejito?, ¡pues no me veo tan mal! Sólo de pensar mis pobres amigas lo que sufrirán intentando guardar el tipo para no ganar en la competición de la talla. Siempre con la obligación de seguir los convencionalismos para no perder su estatus y conservar unas apariencias que las coartan porque de un modo u otro les han sido impuestas y no escogidas.
Mucha es la pena que me dan por no querer reconocer que frente a eso existe la libertad de elegir un trabajo en el que te encuentras a gusto, de disfrutar de unos hijos que crecen más rápido de lo que tu deseas, de vivir con tu marido por amor, aunque no sea Georges Clooney o Rockefeller (mejorando lo presente), de ponerte unos vaqueros pasados de moda o de una marca anónima porque con ellos te sientes “supermegacómoda” y de usar una talla “taytantos” (que ya empezaremos el régimen algún lunes).
Así que... O sea... ¡Que le den a la pinza!
Espejito, espejito, ¿quién es la más feliz del reino?

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